miércoles, 11 de mayo de 2016

El hambre en "Celia en la revolución"

Sigamos en Madrid, pero ahora desde otro prisma un poco diferente, bastante menos festivo que el de Rufián y Tardà. Elena Fortún (1886-1952) vivió, ya con cincuenta años, la guerra civil en zona republicana: Madrid, Valencia, Albacete, Barcelona, otra vez Madrid. Y nos cuenta todo aquel horror en 1942, ya desde Argentina, en boca de Celia, la protagonista de toda la serie, que ya ha cumplido los dieciséis. Hemos leído libros ("Las bicicletas son para el verano, de Fernán Gómez, es muy bueno) y visto muchas películas que retratan aquellos años de pesadilla, pero casi siempre la realidad de entonces aparece ligeramente edulcorada. Aquí, de eso nada. Con una prosa esquemática, sencilla y directa nos pone a temblar. ¡Con razón nunca fue bien vista, ni por unos ni por otros!

Como dice Andrés Trapiello en su prólogo de la reedición de 2016: «Pocas veces se habrá escrito una novela sobre la guerra con tanta verdad, consciente su autora de que alguien ha de contarla, y no como un desahogo, tal y como creía Martín Gaite, sino consciente de que con el tiempo todos mentirían o tratarían de hacernos creer que han olvidado».

Un capítulo especialmente duro es el titulado "Hambre", que transcurre en el Madrid del verano de 1938. Seleccionamos algunos párrafos, que ilustramos con unas viñetas de Carlos Giménez, que también ha retratado aquello con dureza.

[...]
María Luisa me llama al teléfono:
—¿Tenéis hoy algo que comer? 
—Hoy no... un poco de pan...
—En casa tampoco hay nada, pero me dicen que en el Mercado de Torrijos venden hierbas...
—¿Hierbas? ¿Qué hierbas?
—¡Ay, hija, no sé! Hierbas de cuneta de carretera... de las que riegan los milicianos.
—¿Las riegan?
—¡Celia inocente! Serás toda la vida una ingenua...
Comprendo lo que ha querido decir con el riego y me río.
—¡Eres una cochina...!
—Bueno, ¿quieres que te compre hierbas? Dicen que parecen espinacas. No sé si serán venenosas y reventaremos todos...
—No, no quiero. Hierbas hay aquí y con salir al campo traeremos... Yo sé de algo que tal vez te convenga... Por mi parte no me decido. Se venden ratas, muy grandes y muy gordas, en el barrio de Argüelles...
—Se lo diré a mamá.


Por la tarde Maria Luisa y yo visitamos el barrio de Arguelles. No había vuelto desde el dia que fui a buscar a Fifina, cuando las balas barrían las calles...
En esta tarde calurosa de verano, bajo este sol abrasador, las ruinas brillan con el fulgor de los vidrios rotos como si estuvieran cubiertas de diamantes.
Al entrar por el paseo nos detienen dos guardias.
—¿Dónde van? No se puede pasar porque hay derrumbamientos...
Pero como Maria Luisa va decidida a comprar ratas y por allí no se ve ningún chico que las venda, me sujeta del brazo y bajamos por la calle de San Bernardo hasta la de los Reyes.

Luego nos internamos entre los escombros sin que nadie nos detenga. Vemos gentes que revuelven los cascotes con palos buscando algo que no encuentran. Imagínate que dos años revolviendo en ellos ya se habrán llevado todo... Una mujer de luto con una niña de la mano pregunta por una calle.
—Yo vivía allí, ¿saben ustedes?, y ahora no la puedo encontrar...
Nos señala un montón de escombros que han borrado completamente las aceras y la calzada.
—Aquella puerta que está en el suelo me parece a mí que era la del portal de enfrente... Pero no... no puede ser... Mi calle empezaba en...
Maria Luisa le dice que ya no tiene objeto buscar su casa porque los escombros revueltos y vueltos a revolver por todos los miserables de la ciudad ya no esconden nada...
—Como no sean ratas, ya no hay otra cosa —dice con su idea fija...
—¡Ratas! —grita la mujer— ¡No, ratas no!... Ahí debajo se quedó una criatura mía... de tres meses... ¡Ratas no!

Tiro de la manga a Maria Luisa y me la llevo por una callecita que el bombardeo ha respetado relativamente. Solo un balcón de una casa está desprendido y próximo a caer.
—¡Corramos! —le digo al darme cuenta.
—Sí... y salgamos por San Bernardo —dice Maria Luisa—. Ya no quiero ratas... Claro, están tan gordas... Se habrán comido a todos los que han quedado debajo...
Subimos por un montón de escombros, sobre los que ya ha crecido la hierba, y volvemos a bajar... Entonces vienen unos chicos hacia nosotras.
—Les vendo un conejito casero por cien pesetas... Nos lo enseña. Está desollado y limpio, sin cabeza.
—¡Es un gato! —digo—. Un gatito chico...
— No es un gatito... es una rata.
A pesar de lo que dijo Maria Luisa, la compramos. Y la envolvemos en el papel ensangrentado donde la traen los chicos. Luego la guardamos en la bolsa de hule que he traído doblada.
—¿Sabes? A lo mejor no es una rata, o si lo es no ha comido carne humana... o si la ha comido... en casa no lo saben... Tu no contarás nada, ¿verdad?

Dos días después nos invita Juliana la enfermera a comer a su casa...
—¿A mí? —pregunto asombrada a Maria Luisa que me lo dice.
—Si, a ti... No ves que siempre le estoy hablando de ti... Les han regalado cinco kilos de carne de burro, y con este calor, si no lo comen enseguida se les echa a perder.
[...]
Elena Fortún, Fragmento de Celia en la revolución, Ed.Aguilar (1987) y Ed. Renacimiento (2016)

[Las ilustraciones de esta entrada proceden del excelente libro Todo 36-39 Malos Tiempos, de Carlos Giménez, Ed. DEBOLSILLO, Barcelona, 2011, prologado por Ramiro Pinilla].


2 comentarios:

  1. La verdad es que estos fragmentos de "Celia en la revolución" noquean. Alguien que vivió los hechos los cuenta, como dice Gran Uribe, de manera sencilla y directa. Por eso impresionan tanto.
    Las imágenes del libro de Carlos Giménez complementan el relato. Horroriza. MJ

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  2. Textos tremendos y viñetas escalofriantes. Por mucho que nos quejemos de todo, nos hemos librado del horror que debe ser una guerra. ¡Y que dure! (dicen que nadie aprende en cabeza ajena).
    El Tapir

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