Prometimos una segunda entrega para hoy sobre La dama errante, de Pío Baroja, y aquí está, aun a riesgo de volvernos unos pelmas, que no es nuestra intención, claro.
En el capítulo XIII (LA PARTIDA), «a las dos semanas de encierro, el doctor
Aracil está ya aplanado por la soledad y el silencio». Le propone a su hija irse de la casa del jardinero, donde llevan tiempo escondidos. ¿Hacia dónde? ¡A
Londres! Éste les deja dos caballos y a partir de ahí empieza la segunda parte
de la novela, atravesando la España profunda de principios del S. XX. El viaje
y la huida de María Aracil y su padre los pone en contacto
con gente muy diversa, en general primitiva. El padre, más bien finolis, es bastante inútil en estos
menesteres, por lo que la hija toma las riendas del asunto y acaba deviniendo
la gran protagonista de La dama errante (y de su continuación, La ciudad de
la niebla, narrada por María Aracil en primera persona en su primera parte).
Se trata de una especie de road movie de carretera, dividido en una
docena de etapas, pero no en coche sino a lomos de unos escuálidos caballos y por caminos infernales entre Madrid y Lisboa, pasando por Extremadura. En
efecto, Pío Baroja imprime un ritmo dinámico a la huida —se podría decir que casi cinematográfico—,
evitando que el texto se estanque en adornos retóricos innecesarios, algo que es de agradecer.
En fin, G.U. lo ha pasado en grande leyendo. Es un clásico. Tiene bastantes momentos
impagables. En esta entrada señalamos dos al azar. El primero está en el capítulo
XVI, LA VENTA DEL HAMBRE, del que seleccionamos un fragmento. El padre y la hija huyen de Madrid cabalgando sobre unos famélicos caballos y un lugareño les señala
dónde pueden encontrar una venta donde hacer parada y reponer fuerzas. Allí se encuentran, en un lugar bien descrito por Baroja, con unos tétricos personajes y con el contraste entre las vetustas láminas en la pared con caballos desbocados y sus cansinos jamelgos.
[...] «Celebraron padre e hija la indicación e iban deprisa aguantando la
lluvia, cuando vieron una casa medio derrumbada, oculta entre unos chaparros,
cuya chimenea arrojaba al aire un vaho débil de humo. El campo que a la casa
rodeaba era yermo y adusto; sólo un ermitaño o un asceta hubiera podido
escoger un páramo para vivir en él. Aquella venta era la Venta del Hambre.
Llamaron en la casa, y Aracil preguntó si les podían dar hospedaje y comida.
Una vieja de negro, escuálida y amarillenta, hizo un gesto de resignación
indicándoles que pasaran, y un mozo flaco y espiritado tomó de las riendas las
caballerías y las llevó a la cuadra.
Pidió Aracil algo con que matar el hambre y no había más que pan seco; encargó
al mozo que echara un pienso a las caballerías, y el mozo dijo que les daría
hierba a ver si querían comer, pues no había paja ni cebada. Aquella venta era
la Venta del Hambre. Aracil y María entraron en la cuadra y vieron que los
pesebres estaban limpios. Sacaron los caballos al campo y al anochecer se los
volvió a llevar a la cuadra.
 | | Portada de Historia de los amores de Matilde y Malek-Adhel, de Madame Cottin |
Estuvieron padre e hija aburridos, paseando arriba y abajo por la cocina. En
un cuarto próximo, que tenía los honores de sala, había un espejo envuelto en
una gasa azul llena de moscas muertas, y dos viejas litografías, una de Malek-Adhel, el héroe de Madame Cottin, llevando a caballo a su dama, y la otra de
Poniatowski, en el momento de meterse a caballo en el río.
| | Muerte del príncipe Poniatowski en el paso del Elster en 1813 | —Es raro —dijo María— que hayan llegado estas cosas a rincones tan
apartados. —Sí, es raro. —Y lo moderno en cambio no llega —añadió
ella. —Eso no es chocante —repuso Aracil—. Hoy la vida es industrial, y
el mundo civilizado, en vez de enviar a las aldeas litografías de un héroe
verdadero o falso, envía una máquina de coser.
Charlaron padre e hija de otra porción de cosas. Pidieron de comer varias
veces, y, después de rogada mucho, el ama hizo unas sopas de ajo para los
huéspedes y les trajo una cosa negra y fría que parecía hígado y una jarra de
vino. Aracil notó que no había gato ni perro en la casa.
El plato de la cosa negra, que no quisieron comer Aracil y su hija, la vieja
lo retiró y lo guardó en un armario con gran aflicción de todos los individuos
de la familia.
Luego la vieja, con sus tres hijas vestidas de negro, dos ya mayores y una
muchachita, todas a cuál más héticas y tristes, se sentaron al fuego, se les
reunió después el mozo flaco y espiritado, y se pusieron a rezar el rosario.
Estaban todos mustios, callados y cabizbajos. De cuando en cuando bostezaban
de hambre y se persignaban sobre la boca abierta, y la vieja, tras de
bostezar, suspiraba y decía:
—¡Ay, Señor, qué pena de vida! ¡Para cuatro días que ha de vivir una en este
mundo! ¡Ay, qué mundo más desengañado y más triste, que todo son lágrimas,
enfermedades y dolor! ¡Ay, qué inútil es trabajar y cuánto más valiera haber
ya muerto!
La vieja, después de una retahíla de éstas, miraba a sus huéspedes como
pidiéndoles colaboración en su idea desacreditadora del mundo. El doctor
estaba entristecido y malhumorado; María se asombraba de ver tanta pobreza.
Después de rezar, toda la familia de escuálidos desapareció, y la vieja,
gimoteando, vino con un jergón, que tendió en la cocina delante de la lumbre,
y mal que bien se arreglaron para dormir allí Aracil y su hija.
Por la mañana al amanecer, el doctor aparejó los caballos, pagó al mozo lo que
le pidió, y al apuntar el alba los dos fugitivos salieron de la venta triste.
—¡Qué horror! ¡Qué casa! —exclamó Aracil—. Ahora respiro —murmuró al
encontrarse en la carretera—. Y estos pobres caballos no han comido nada desde
ayer —dijo María. —Veremos si hoy tienen más suerte.» [...]
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Los párrafos breves, que imprimen siempre ritmo a la trama. La falta de descripciones exhaustivas (propias del Realismo), sustituidas por unos detalles significativos (un color, una luz, un olor...) para captar la atmósfera. La adjetivación y los calificativos; Baroja suele seleccionar dos adjetivos utilizando la conjunción "y" (a veces son tres). Son calificativos contundentes, que en general están cargados de intención crítica o satírica, y que definen la esencia de un personaje secundario en un plis plas. Y el paisaje, que describe con precisión adecuada al momento, economía de medios y buena prosa.
Hay otro momento que le ha divertido a G.U., en el Capítulo XXIV (
LA SERRANA DE LA VERA). Llegan a un especie de pequeño monasterio, más bien una ermita. El cura, que no es tonto, intuye que esa gente tiene cultura, tiene pasta, está huyendo de algo y si quisiera... podría denunciarlos. Por eso, cuando van a seguir viaje al día siguiente, les viene a decir algo así como «¡Alto! De aquí no se van si alguno de ustedes no toca el piano en la misa».
No sabemos.
«¡Bah! ¡No se haga la tonta!... Usted sabe tocar el piano. Déjese usted de historias!» (sic). Y María acaba tocando el órgano de la ermita. En presencia del cura y del padre, por si hay que simular que es él el que lo toca...
Este momento en que María Aracil toca el órgano en la misa, ayudada por el cura del pueblo y por su propio padre dándole al fuelle, es otra de esas escenas memorables (hay más), irónicas y visuales de la ruta de huida en
La dama errante.
Hay varios elementos clave que mezclan la picaresca, el equívoco y la crítica sutil de Baroja. El cura "cómplice"; el enredo y el engaño al pueblo; una banda sonora poco habitual en un lugar así —donde Cristo perdió la boina—, pero es lo único que María Aracil sabe tocar de memoria (fragmentos de óperas y sonatas de Beethoven y Mozart); el doctor Aracil, un intelectual ateo y pedantillo, agarrado al fuelle del órgano, sudando la gota gorda para insuflarle aire al instrumento... En resumen, una misa de pueblo de la España profunda acaba sonorizada con música clásica europea e irreverentes óperas occidentales, mientras los fieles rezan devotamente sin notar la diferencia.
Esto es Pío Baroja. ¿Es su mejor obra? Seguro que no, pero es Baroja en estado puro. G.U. es persona de gustos sencillos, pero ama la buena literatura. A veces piensa que, en otra vida, le hubiera gustado escribir como él o como otros autores del 98, sin ir más lejos, no como las cursiladas que se encuentra hoy en día en las mesas de las librerías.