![]() |
| Imagen tomada segundos después del atentado anarquista al rey Alfonso XIII, en 1906 |
Como quizá sepan, en 1906 hubo un atentado contra Alfonso XIII y la reina Victoria. El autor, un individuo llamado Mateo Morral, un anarquista, tiró la bomba desde el balcón de su pensión, tropezó ésta en unos cables y murió una veintena de personas, pero a los reyes ni un rasguño. Baroja explicó que coincidía con ese sujeto en las tertulias del Café Candelas, en Madrid. Además de por ser una carnicería, le impresionó mucho el asunto porque conocía al autor de la masacre. Y lo empezó a novelar dos años después.
A partir de aquí configura Baroja La dama errante (1908), transformando a Mateo Morral en un personaje chulillo y pedantesco llamado Nils Brull. Como el doctor Aracil (uno de los protagonistas de la novela) alojó en su casa —sin saber de sus intenciones— a ese sujeto, la policía lo busca con obstinación, porque piensa que está también implicado.
La primera parte de la novela transcurre en Madrid, con personajes y disquisiciones muy barojianas, hasta que él y su hija María acaban escondidos en casa de un jardinero de la Casa de Campo, que le debe algún favor al médico. Desde ese lugar, el doctor Aracil contacta a hurtadillas con algunos amigos que saben de su paradero. Uno de ellos es el doctor Iturrioz, uno de los personajes más fascinantes y complejos creados por Pío Baroja (reaparece también con un peso enorme en El árbol de la ciencia). En La dama errante, funciona principalmente como el alter ego ideológico y filosófico del autor.
A través de Iturrioz, Baroja proyecta su propia visión del mundo y articula el armazón de la novela. El cinismo y la experiencia desencantada, la contradicción del intelectual noventayochista, la conciencia crítica de España, etc. Veamos un ejemplo de una conversación con María Aracil, hija de su amigo, en un speech típicamente barojiano.
«—Eres un salvaje. —¿Por qué no? En España todos tenemos un gran fondo de salvajismo. Aquí no hay espíritu cívico, social, de humanismo. No lo ha habido nunca. —Desgraciadamente. —O afortunadamente. Aquí no hay más que tres cosas: un patriotismo, de Madrid, burocrático y falso; un regionalismo, que es una cursilería, un provincialismo infecto, y luego la barbarie natural de la raza. Esto es lo español. Y no lo comprenden. [...] Así que en todos los órdenes de la vida triunfa lo mediocre, y lo mediocre se apoya en lo que es más mediocre todavía. Toda nuestra civilización actual ha servido para reducir al español, que antes era valiente y atrevido, y convertirlo en un pobre diablo. Y luego no es sólo la mezquindad de la vida, sino que es también su irrealidad. La vida española no tiene cuerpo, no es nada. Los instintos vegetativos y una serie de impresiones en la retina; ésa es toda nuestra existencia, nada más. Somos mejores para figurar en las vitrinas de un museo arqueológico que para luchar; vivimos hechos unos animales domésticos, no fuertes y bien cebados, sino canijos y tristes, con el aire débil y lánguido que tienen los animales cuando se los encierra. Porque hay que ver hasta dónde hemos llegado de pequeñez, de mezquindad, de cursilería. Antes creíamos que los cursis eran los pobres, y no, en España los cursis son los potentados, los aristócratas, los duques, los escritores, los políticos; lo cursi es el Congreso, las redacciones de los periódicos, los saloncillos de los teatros, el Ateneo, los lunes del Español...». |
Mañana seguimos con la segunda parte de esta novela de Pío Baroja. que le ha gustado a G.U. (no en vano es un fan de él, incluso en sus peores novelas, que las tiene).


















































