Ni Diada de Cataluña ni Golpe de Estado en Chile ni Torres Gemelas ni el ruido sórdido que genera cada día nuestra clase política (toda ella, sin excepción alguna). Nos sabe muy mal por Ceuta, que cada día vive una pesadilla ["una inseguridad subjetiva" (?)], sin que nadie haga nada, aparte de palabrería exculpatoria o culpatoria. También por Granada, que también está ahora bajo los efectos de esa subjetividad (?) de la que habla nuestro sagaz ministro, aunque aquí los políticos poco puedan hacer, al menos a priori.
Pero, si quieren que les diga la verdad, la desgracia que más ha recordado G.U. el 11 de septiembre es que en tal fecha murió Javier Marías, hace ya ¡cuatro años! ¡Dios, parece mentira! El tiempo vuela (Time is Tight era el título de una canción muy buena) y se nos escurre de las manos. Parafraseando el título de una novela suya (1994), ese día en la batalla pensó en él. Mucho; y aprovechó para reabrir al azar alguna de sus novelas. Por ejemplo, la que empieza de esta manera: «No he querido saber, pero he sabido...» (Corazón tan blanco), el inicio de un párrafo inolvidable, uno de los arranques más impactantes de la literatura contemporánea en español (1992).
Aunque G.U. no le llegara ni a la solapa, Javier era una persona a la que aún echa en falta y la sigue sintiendo próxima. Por generación (apenas unos meses de diferencia de edad), por educación, por su manera de ver el mundo o de rechazar de plano lo zafio, lo burdo; y también por sus aficiones (aunque a él no le gustara nada la naturaleza —prefería lo urbano—, había jugado de pequeño a las chapas como menda, le chiflaba el fútbol, el cine clásico, escuchaba mucha música...). En fin...![]() |
| Carmelo, Orúe, Garay, Canito, Mauri, Etura, Arteche, Aguirre, Arieta, Uribe y Gaínza (Atlético de Bilbao, 1958) [Juego de chapas / granuribe50] |
Uno aún no se ha acostumbrado a que no esté, a no leer ninguna nueva novela suya, tan hipnóticas todas para el gusto de este bloguero y tan detestadas por otros. Ni ninguna nueva "Zona Fantasma", esos artículos fantásticos por los que se lo tildó de cascarrabias o de facha. ¡Facha Javier Marías!... ¡Cascarrabias, demasiado poco que rabiaba! —ahora rabiaría aún mas—. Este bloguero, en general suele preferir la sintaxis sencilla, casi barojiana; por ejemplo, la que Marías empleaba en sus artículos. Pero esa prosa compleja, de frases subordinadas, incisos y circunloquios le cautiva también, le sigue embobando de manera muy difícil de explicar. No a todos nos gustan las mismas cosas...
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Javier Marías en su despacho, ante su máquina de escribir Olivetti, Olympia Carrera de Luxe (2016) (Fotografía de Carlos Rosillo) |
Pero su respuesta era siempre que no necesitaba para nada ese trasto, si lo que le gustaba era el acto de escribir, de corregir, de reescribir lo escrito, sin prisa alguna. En cuanto al contenido de sus novelas, que muchos han tildado de que "son todas iguales", Carme lo ha explicado en ese libro mejor que nadie, no en vano ella figura en la dedicatoria de varias de ellas, incluso con hermosas frases alusivas a su relación.
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«Hay gente que dice que siempre escribía el mismo libro. Yo tiendo
a pensar que es gente que solo debe de haber leído uno, o tal vez
ninguno. Cada novela de Javier es muy distinta de las otras, ya se encargaba él de que así fuera durante los años que le llevaba escribirlas, aunque en una cosa sí tienen razón sus detractores: siempre hablan de lo mismo. Del ser humano y los dilemas éticos y morales que al ser humano atañen; del secreto y la maldición que su conocimiento a menudo supone; de los propios límites y las íntimas decisiones de las que nadie se va a enterar; de la Traición, con mayúscula, pero igualmente de las pequeñas traiciones que cometemos, así como también de las que no son nuestras, pero vamos incorporando y cargando con ellas; de la lealtad, tanto la incombustible como la desechable; del sentimiento de amistad, incluso tras ver la mezquindad en el amigo; de todo lo que percibimos de los demás —y de nosotros mismos—, pero no queremos mirar, aunque nuestra mente sí lo haga; del poder sobre la vida o la muerte propias y ajenas. Cosas tan difíciles de expresar, y a veces de elaborar, que mucha (muchísima) era la gente que le comentaba, por escrito o parándolo por la calle, que, al leerlo, se daban cuenta de que había reflejado exactamente lo que ellos pensaban y no sabían explicar». |
Pues eso. Si G.U. se lo hubiera encontrado por la calle o le hubiera pedido que le firmara una novela suya en alguna Feria del Libro (esa situación nunca se llegó a producir) quizá le hubiera comentado precisamente esto último que cita Carme. Ya no será posible.



















































