viernes, 22 de octubre de 2021

Hoy va de bodegones...

EN RECUERDO DE PAUL CÉZANNE

(Aix-en-Provence, 19 de enero de 1839-Ib., 22 de octubre de 1906)


Francisco de Zurbarán, Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa, 1633
  Museum Norton Simon (Los Ángeles)
Luis Egidio Meléndez, Naturaleza muerta con manzanas, uva, melones, pan, jarra y botella, 1771
 Museu Nacional d´Art de Catalunya, MNAC (Barcelona)
Qué firmeza, qué claroscuros tan potentes destilan los bodegones de Francisco de Zurbarán en el S.XVII y de Luis Egidio Meléndez en el XVIII. Son unas obras maestras, soberbias. A G.U. le encantan, aunque le parece que poco ha variado de un siglo a otro en ciertos aspectos. La pintura evolucionaba despacio.

Pero, ¡amigos!, en el XIX surge la fotografía y, aunque está en sus primeros balbuceos, muchos pintores empiezan a vislumbrar que pronto no bastará ya con retratar la realidad de esa forma tan exacta y precisa. Algo diferente habrá que hacer. Y así, en esos finales del XIX la pintura evoluciona a toda pastilla. Y los impresionistas son los primeros.

Claude Monet, Peras y uvas (1880)
Hamburger Kunstale (Hamburgo)

En efecto, qué diferente de las anteriores parece esta obra de Monet, de finales del XIX. Monet era un fenómeno. G.U. no se cansa de mirar los libros que tiene dedicados a él, ya que sus cuadros más conocidos solo los ha visto "en vivo y en directo" expuestos en cuatro o cinco ocasiones, no mucho más, aunque nunca sea lo mismo... El caso es que el hombre no frecuentó el tema de la naturaleza muerta, lo suyo eran más bien los espacios abiertos, pero sea como fuere, en este ámbito también era un maestro. 

Y qué diferentes entre sí nos parecen los bodegones de Claude Monet y el de Paul Cézanne que les presentaremos a continuación, separados como mucho quizá un par de años (ambos son de 1880, aproximadamente). Hoy, que se cumplen 115 años del fallecimiento de este último, es un momento estupendo para hacerlo. En efecto, qué desmañada puede parecer la naturaleza muerta de Cézanne, si la comparamos con la firmeza del tratamiento de un tema análogo por parte de Zurbarán en el XVII o de Meléndez en el XVIII; o incluso con lo indefinido, evanescente y etéreo de Monet en el XIX. Las pinturas de Monet y Cézanne son casi coetáneas, aunque empieza a haber todo un mundo entre ellas. 

Pero ¡ojo!, Cézanne estaba dando, quizá sin él saberlo, un paso de gigante. Tomemos ahora prestadas palabras de La Historia del Arte, de E.H. Gombrich, un libro que les recomendamos vivamente y del que ya hemos hablado aquí.  

«El frutero está tan torpemente diseñado que ni siquiera su pie queda centrado. La mesa, no solo se inclina de izquierda a derecha sino que también parece como si estuviera desnivelada hacia adelante. Donde maestros anteriores sobresalieron plasmando superficies blandas y suaves, Cézanne nos da un retazo de color que hace que la servilleta parezca estar hecha de hojalata. Poco ha de extrañar, pues, que los cuadros de Cézanne fueran escarnecidos como lamentables mamarrachos. 

Paul Cézanne, Frutero, copa y manzanas (~ 1881)
Colección particular

»Pero no hay que ir lejos a buscar la razón de esta aparente torpeza. Cézanne dejó de dar por admitidos los procedimientos tradicionales de la pintura, decidiendo comenzar como si antes de él no se hubiera pintado cuadro alguno. Los maestros anteriores pintaron su naturaleza muerta para desplegar su extraordinario virtuosismo. Cézanne escogió sus temas para estudiar algunos problemas específicos que deseaba resolver. Sabemos que estuvo fascinado por la relación entre el colorido y el modelado. Un volumen sólido de tan brillante coloración como una manzana constituía un tema ideal para analizar este problema. Sabemos que estuvo interesado en conseguir un diseño equilibrado. Por eso estiró el tazón del frutero hacia la izquierda como para rellenar un vacío. Puesto que deseó estudiar todas las formas colocadas sobre la mesa en sus relaciones entre sí, inclinó sencillamente ésta hacia abajo para hacer que se vieran aquéllas. 

Tal vez este ejemplo demuestre por qué Cézanne se convirtió en el padre del arte moderno, pues, en su tremendo esfuerzo por conseguir un sentido de profundidad sin sacrificar la brillantez de los colores, por lograr una composición ordenada sin sacrificar aquel sentido de profundidad, en todos estos forcejeos y tanteos había algo que sí estaba dispuesto a sacrificar si era necesario: la corrección convencional del trazado. Él no iba a tergiversar la naturaleza; pero no le importaría demasiado que quedase contrariada en algún pequeño detalle, siempre que éste le ayudara a obtener el efecto deseado. [...] 

El invento de la perspectiva lineal de Bruneleschi no le interesó demasiado. Cézanne no se propuso crear una ilusión, lo que quiso fue más bien transmitir el sentido de solidez y de volumen, y advirtió que podía hacerlo sin un dibujo convencional. Apenas se daría cuenta de que este ejemplo de indiferencia hacia el "dibujo correcto" sería el punto de partida de un derrumbamiento en el arte».


Y G.U. añade: el colorido es impresionista, sí, pero las líneas oscuras que enmarcan los objetos, la textura y dirección de la pincelada y otros muchos detalles —los que señala Gombrich— lo distancian de ese movimiento. Para Cézanne, una tela enmarcada era un mundo aparte, con leyes propias, quién sabe si más importantes para él que las leyes naturales.

Quizá pensaba que no podía sacar un objeto de la naturaleza y situarlo en un cuadro así, sin más ni más. Sin cambiarlo de tal manera que encajase a su gusto en él, de modo que nos dé la impresión de que todo está donde debe estar. Cézanne parece decirse que el máximo interés de los objetos (fruteros, jarras, botellas, copas, manzanas, pero también árboles, rocas, montañas, casas, tejados y chimeneas...), sea lo que hace con ellos en el estudio ou au plein air.

En fin. La cosa tuvo consecuencias en el mundo del Arte, casi todos los "expertos" lo aceptan, pero de lo que pasó después hablaremos algún día dentro de un tiempo, o quizá muy pronto, quién sabe...

miércoles, 20 de octubre de 2021

Delibes, Masats, el pueblo y la ciudad

Miguel Delibes hubiera cumplido el 17 de octubre ciento un años y Ramón Masats, el fotógrafo, ha llegado hace muy pocos días a los noventa, aunque es difícil saber cuándo fue exactamente su "cumple"; se ve que no le gusta mucho divulgar la fecha, quizá para evitarse coñazos y entrañables fiestecitas sorpresa.

A ninguno de los dos es necesario que se los presentemos, cada uno en su campo es muy bueno. De Delibes, ni les cuento, y de Masats quizá recuerden su fotografía más conocida: aquella en la que un curita detiene un balón en una estirada que para sí hubiera querido el mismísimo Ramallets. Hablamos de eso algunas veces en este blog (v.g.: Los seminaristas que retrató Masats). "La Fábrica" editó hace unos años las Viejas historias de Castilla la Vieja, del gran Delibes, con fotografías del propio Masats. Seleccionamos la primera de ellas, titulada El pueblo en la cara.

Teníamos el precedente de El pelo de la dehesa, de Bretón de los Herreros, aquella comedia en la que Don Frutos, rico hacendado de Belchite, llega a la Corte de Madrid para casarse con Elisa, la hija de una marquesa; la llegada de tan rústico personaje a ese lugar nos proporcionaba muchas escenas cómicas. Pero en este caso, en la historia del zagal que va a estudiar a la ciudad y los compañeros lo ningunean por ser "de pueblo" y hasta el profesor le espeta "llevas el pueblo escrito en la cara", comicidad hay poca, pero sí buena literatura.

Fotografía de Ramón Masats

«Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, me topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, ya en el camino de Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a mí y me dijo: «¿Dónde va el Estudiante?». Y yo le dije: «¡Qué sé yo! Lejos». «¿Por tiempo?» dijo él. Y yo le dije: «Ni lo sé». Y él me dijo con su servicial docilidad: «Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?». Y yo le dije: «Nada, gracias Aniano». 

Ya en el año cinco, al marchar a la ciudad para lo del bachillerato, me avergonzaba ser de pueblo y que los profesores me preguntasen (sin indagar antes si yo era de pueblo o de ciudad): «Isidoro, ¿de qué pueblo eres tú?». Y también me mortificaba que los externos se dieran de codo y cuchichearan entre sí: «¿Te has fijado qué cara de pueblo tiene el Isidoro?» o, simplemente, que prescindieran de mí cuando echaban a pies para disputar una partida de zancos o de pelota china y dijeran despectivamente: «Ése no; ese es de pueblo». Y yo ponía buen cuidado por entonces en evitar decir: «Allá en mi pueblo»... «El día que regrese a mi pueblo», pero, a pesar de ello, el Topo, el profesor de Aritmética y Geometría, me dijo una tarde en que yo no acertaba a demostrar que los ángulos de un triángulo valieran dos rectos: «Siéntate, llevas el pueblo escrito en la cara». 

Y, a partir de entonces, el hecho de ser de pueblo se me hacía una desgracia y yo no podía explicar cómo se cazan gorriones con cepos ocolorines con liga, ni que los espárragos, junto al arroyo, brotaran más recio echándoles porquería de caballo, porque mis compañeros me menospreciaban y se reían de mí. Y toda mi ilusión, por aquel tiempo, estribaba en confundirme con los muchachos de ciudad y carecer de un pueblo que parecía que le marcaba a uno, como a las reses, hasta la muerte. 

Fotografía de Ramón Masats

»Y cada vez que en vacaciones visitaba el pueblo, me ilusionaba que mis viejos amigos, que seguían matando tordas con el tirachinas y cazando ranas en la charca con un alfiler y un trapo rojo, dijeran con desprecio: «Mira el Isi; va cogiendo andares de señoritingo». Así, en cuanto pude, me largué de allí, a Bilbao, donde decían que embarcaban mozos gratis para el Canal de Panamá y que luego le descontaban a uno el pasaje de la soldada. Pero aquello no me gustó, porque ya por entonces padecía yo del espinazo y me doblaba mal y se me antojaba que no estaba hecho para trabajos tan rudos y, así de que llegué, me puse primero de guardagujas y después de portero en la Escuela Normal y más tarde empecé a trabajar las radios Philips que dejaban una punta de pesos sin ensuciarse uno las manos.

Pero lo curioso es que allá no me mortificaba tener un pueblo y hasta deseaba que cualquiera me preguntase algo para decirle: «Allá, en mi pueblo, el cerdo lo matan así, o asao». O bien: «Allá, en mi pueblo, los hombres visten traje de pana rayada y las mujeres sayas negras, largas hasta los pies». O bien: «Allá, en mi pueblo, la tierra y el agua son tan calcáreas que los pollos se asfixian dentro del huevo sin llegar a romper el cascarón». O bien: «Allá, en mi pueblo, si el enjambre se larga, basta arrimarle una escriña agujereada con una rama de carrasco para reintegrarle a la colmena». 

Fotografía de Ramón Masats

»Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro».

lunes, 18 de octubre de 2021

En recuerdo de Manuel Vázquez Montalbán

Pues sí, tal día como hoy, el 18 de octubre de 2003, fallecía Manuel Vázquez Montalbán en el aeropuerto de Bagkok, mientras esperaba el avión para volver a Barcelona. Le gustaba mucho esa ciudad, a la que acudía a veces y a la que dedicó su excelente novela (para el modesto gusto de G.U.) Los pájaros de Bangkok. Por qué le atraía tanto esa tumultuosa ciudad, un verdadero caos por lo que tenemos entendido, es un misterio que se nos fue con él. ¿Quizá por sus pájaros?

En fin, lo que pasó en ese infausto día de hace dieciocho años, con el hombre más solo que la una en ese macroaeropuerto, fue un suceso que dejó a G.U. sumido en una profunda tristeza, lleno de desolación, porque le caía muy bien, a pasar de no ser una persona especialmente simpática ni expansiva (o quizá por eso). Le gustaban sus novelas, muchas destilaban buen rollo (en especial las de Carvalho), su Crónica sentimental de España y sus artículos, que estaban llenos de lucidez.
Vázquez Montalbán tenía facilidad de pluma, sí, pero era todo un currante, que había trabajado en mil sitios diferentes, muchas veces bajo seudónimo: Hogares Modernos (donde hablaba de arquitectura y decoración, de algo había que vivir), La Codorniz, Hermano Lobo (Manolo V el Empecinado, solía firmar), El País y tropecientas revistas y diarios más.

Su personaje Carvalho era quizá en ciertos aspectos una especie de "alter ego" suyo, sobre todo en lo gastronómico: le gustaba guisar y comérselo él solito para disfrutarlo, por ejemplo, aunque no descartaba hacerlo para agasajar a sus invitados, nunca para fardar. Tampoco le hacía ascos a los restaurantes, desde los más modestos como el Bar Egipto, del que le entusiasmaban sus albóndigas, hasta los de más copete, como Casa Leopoldo, donde era un habitual.

El arroz que empieza a preparar en el texto adjunto —que acabará unas páginas más adelante, cuando lleguen sus clientes— está extraído de su Asesinato en el Comité Central y lo preparamos con doña Perpetua en alguna ocasión, usando ese texto cual libro de cocina, y el resultado fue excelente. Seguramente no agradaría nada a un valencià com cal, porque no era una paella canónica, pero es que en realidad, él en sí mismo no era nada "canónico"...
El caso es que un sujeto así nunca puede ser un mal tipo, créanme. No sabemos si lo de vivir en Vallvidrera y quemar en la chimenea los libros que no ya no le interesaban o no le interesaron nunca era algo propio o del personaje o de ambos, pero en cualquier caso, "se non è vero, è ben trovato". En fin, nuestro recuerdo más entrañable desde estas páginas.

jueves, 14 de octubre de 2021

Barcelona, el «urbanismo táctico» y los colorinches

Parece ser que lo de la distancia entre mesas en los bares pasará a la historia a partir de mañana y que las terrazas que invadieron chaflanes y calles volverán a su disposición original, al menos de momento. Ya se verá cómo evoluciona esto.

Lo que vamos a mostrar en las próximas imágenes recibe el altisonante nombre de "urbanismo táctico", pero G.U. ya se ha dado un garbeo por el Eixample (pasea poco por allí) y su conclusión es que ese pomposo urbanismo no deja de ser, disculpen ustedes la grosería, una "mierda pinchada en un palo", como se suele decir, al menos como se hace aquí. 

Es cierto que está presente ya en algunas ciudades, pero Barcelona se lleva la palma con los colorinches y con ese furor delirante por el "amarillo procés" que invade calles y chaflanes. Las rayas (amarillas por lo general, aunque también las hay azules) están por todas partes, invaden carriles de circulación y aquellos chaflanes maravillosos que diseñó Cerdà. 

Pero no solo esto: los armatostes también están presentes por doquier: grandes pelotas, vallas de hormigón pintado de amarillo, jardineras de todos los tipos imaginables, etc. En este último caso, ahora empiezan a invadir Barcelona unas metálicas de color amarillo chillón (como no podía ser de otra manera), que están a la espera en muchos casos de recibir los hierbajos correspondientes, con esquinas muy pinchudas. Esta variedad está siendo instalada en los alrededores de los colegios, se diría que para que los nenes se peguen un buen cabezazo contra ellas, emulando quizá algún "juego del calamar". A este ambicioso plan, con cierres al tráfico y todo eso, lo llaman "pacificación del entorno escolar", algo así. 

[En este último chaflán se les ha olvidado llamar al pintor de suelos, un virguero]

Sin ánimo de aburrirles y estragarles con los colorinches, ofrecemos algunos ejemplos más. A veces, los chaflanes (esos que eran tan necesarios para carga y descarga, vehículos en espera, el lugar donde los taxis dejaban a los pasajeros y otras funciones tan útiles en una gran ciudad) pretenden evocar a un jardín de infancia, a un auténtico parvulario. 

Otras veces pretenden ser una especie de simulacro de zonas verdes, en las que el viandante puede volverse medio majareta si se le ocurre mirar al suelo. Estas últimas imágenes que ofrecemos son lo más presentable del asunto, no en vano están tomadas de la web del Ay Untamiento, que está muy contentito con este invento del "urbanismo táctico".

Ese despliegue de colorines será todo lo "sostenible" que se quiera, sí. Pero, me lo pinten como me lo pinten, G.U. está totalmente de acuerdo con Javier Marías en esta ocasión, en su artículo Barcelona desfigurada, que ha despertado muchas iras en las redes (como muchos de los suyos). Una ciudad, Barcelona, que ha devenido en hortera, pueblerina, palurda y cateta, descuidada, llena de colorinches en el suelo según unos códigos ininteligibles, pelotones y vallas de hormigón pintado de amarillo, persianas pintarrajeadas por grafiteros de medio pelo, miseria, suciedad y abandono. 

Pero no despistarse. Lo de de la miseria, suciedad y abandono "avui no toca", como diría Pujol. Hoy solo hemos venido a mostrarles a ustedes, sobre todo a los que no suelen venir por aquí, cómo es el "urbanismo táctico" barcelonés de nuestra índocumentada alcaldesa y sus amiguetes. A mucha gente le agrada eso, pero no a G.U. ni, por lo leído, a J.M.

«Con tanto confinamiento, “perimetraje” y demás, hacía más de un año que no podía pisar Barcelona, donde viví de 1974 a 1977. Mejor no recordar la ciudad viva, vibrante, abierta y con carácter de aquella época. Uno se echaría las manos a la cabeza y permanecería en tan incómoda postura días y días. Basta con acordarse de la Barcelona pre-Colau, turística y amansada pero preciosa, para desesperarse al ver la mamarrachada en que esta alcaldesa bufa la ha convertido. 

Había visto fotos, pero éstas resultan benévolas al lado de la realidad. A quienes no hayan visitado Barcelona hace tiempo, lamento comunicarles que ahora se asemeja a Disneylandia o al Neverland de Michael Jackson, pero en cutre y peor, porque gran parte de las calzadas están pintadas de colorinches. Abunda el chillón amarillo independentista, y hay calles en las que predomina el verde, el rojo o el azul lánguido, o una infame mezcla de tonalidades. Todo ofrece un aspecto pueril y hortera.[...]

El pretexto para esta redecoración salvaje de una ciudad noble, hasta lograr que hiera la vista, es la demente ampliación de las zonas peatonales. Es decir, allí donde vean ustedes los suelos pintarrajeados o con bolas de piedra, está prohibido el paso o estacionamiento de vehículos, a los que se ha robado enormes porciones de calzada para “regalo” de viandantes. (Añadan a eso los carriles-bici, o -patinete y otros juguetes de infancia.) Aunque no haya desnivel, los garabatos horrendos indican que se trata de “aceras”. Claro que pocos se aventuran a caminar por ellas, porque se corren riesgos.

Todo esto responde a la enloquecida cruzada colauita contra los coches, que ansía desterrar totalmente. No sé, pero a una persona de 70 o más años no la veo mucho en bici ni en patinete (no digamos a un inválido), pero a ella le da igual eso: que se queden presos en sus casas. Lo más sangrante es que pretende que nadie barcelonés se mueva en coche… menos ella y los miembros de su Govern, que se desplazan en vehículos oficiales a gran velocidad, pagados por los contribuyentes.

En más de una ocasión, hablando de la atormentada Madrid, me he escandalizado de que los alcaldes no estén controlados, y de que se les conceda poder para destrozar las ciudades y privarlas de su carácter asentado a lo largo de siglos. Lo consiguen mediante obras superfluas y desdichadas que a menudo las vulgarizan y afean. Lo que ya me parece insólito es que también tengan poder para “redecorarlas” a su hortera antojo, como si fueran sus dormitorios; a pintarrajearlas de arriba abajo como parvularios.

Y no comprendo cómo los barceloneses, tan legítimamente orgullosos de su ciudad, tan celosos de su aspecto y su arquitectura y su urbanismo, no se han echado en masa a las calles para impedir el atropello mayúsculo y la imparable fealdad de su capital tan elegante. Debe de ser una señal más de la inexplicable obediencia bovina —o hechizo— que ha llevado a demasiados catalanes a comprar incontables camisetas con lemas, y formar corros, triángulos o cadenas humanas, según se lo mandaran los señoritos cada año».

lunes, 11 de octubre de 2021

Acerca de la última vez que estuvimos en Roma

Galería del palacio Spada (Borromini)
Fotografía aportada por @aitor_mento
La última vez que G.U. estuvo en Roma fue en 2003. Ayer, al hilo de unos comentarios en Twitter sobre la galería del palacio Spada, de Borromini, un bloguero y tuitero al que seguimos la pista (@arquitectamos) comentaba: «Un truco formidable que, por estar pensado para verse justamente así, en esa foto no se nota». Él confesaba no haber estado allí, pero G.U. sí que estuvo, por lo que contestaba: «Yo sí; es más o menos como el pasillo de mi casa, pero desde fuera parece largo "mismamente" como el transbordador de las líneas 2, 3 y 4 de metro en el paseo de Gracia, sin ir más lejos». En la realidad, la galería mide unos ocho metros de larga y la escultura del fondo 60 centímetros de alta.

Otros tuiteros también comentaron la mágica visita que hicieron más recientemente. Incluso uno de ellos adjuntó un video tomado allí por él. Aunque hoy en día no se permite recorrerla, y lo hace una azafata en lugar del visitante, sigue valiendo la pena asistir al truco perspectivo mágico que manejó Borromini, una especie de trampantojo muy propio de la escenografía del barroco. Bernini utilizó algo parecido en la Scala Regia de los Palacios Vaticanos.

Nos gustaría volver, pero me da a mí que Roma ya no es la que era entonces, como les sucede a tantas ciudades... Pues bien, en este momento G.U. ha recordado que algunas de las fotos que tomó durante ese viaje a Roma de 2003 son las que utilizó luego en un cursillo que estaba siguiendo por entonces para aprender a hacer páginas web. Por desgracia, no guarda los negativos utilizados y solamente ha podido rescatar las imágenes tomadas en capturas de pantalla de la susodicha página. Eran pequeñas y solo en miniatura no ampliable porque nos concedían muy pocos megabytes.
[Fotografías de granuribe50 (agosto de 2003), excepto el Apolo e Dafne y las vistas aéreas de Plaza Navona y el Panteón]

Enlace a la página del cursillo antes citado (allí hay más fotos y descripciones de Roma): Viajar a Roma

domingo, 10 de octubre de 2021

Los fotomontajes de Greta Stern

>

Grete Stern (1904-1999) fue una buena fotógrafa alemana, a la que interesaba mucho el dadá y el surrealismo, no en vano profesó una gran admiración por Man Ray. Estuvo estudiando en la Bauhaus, en su época final, como alumna de Walter Peterhans. Con el cierre de esa escuela por Hitler (en 1933), marchó a Inglaterra y luego a Argentina, país donde vivió el resto de sus días.

Su labor abarca muchos campos. En concreto, concibió sus "Sueños", de los que hablamos hoy, como ilustraciones para una especie de consultorio psicológico-sentimental —un poco al modo de Elena Francis pero en culto— incluido entre las secciones de Idilio, revista argentina de los años 40 y 50, orientada al público femenino. Hacia allí dirigían sus cartas las lectoras relatando sus sueños, que más tarde eran interpretados por un psicoanalista (argentino, naturalmente). Las cartas respondían a la invitación de una sección titulada "El psicoanálisis puede ayudarle". 


Grete Stern recibía la carta original de la lectora acompañada del comentario del psicoanalista; con esos dos recursos realizaba un boceto a lápiz, que más tarde le servía para hacer su fotomontaje, en el que utilizaba fotografías de su propio archivo, otras que realizaba en su estudio —utilizando a veces a familiares como modelos— y recortes de ilustraciones de revistas. Con todo ello realizaba la fotografía final. Ella no concedió mucha importancia a esos trabajos, de modo que parece ser que un tiempo después tiró muchos de los negativos al container. Por ello, lo que se conserva en la mayoría de los casos son las reproducciones de la revista Idilio y nada más. Una pena, la verdad. En fin, para no aburrir al personal, mostramos aquí solo unos cuantos de los que compuso.

Grete Stern: "Los sueños de evasión" (1); "Los sueños de perfección"; "Los sueños de evasión" (2)

Ni que decir tiene que los recursos disponibles hace ochenta años años para hacer collages no eran los de hoy en día, en plena era digital, claro. O sea, no existía Photoshop ni nada de eso, que es lo que utiliza actualmente la mayoría de fotomontajistas. Los hay muy buenos, pero... ¡tienen menos faena que entonces! De ellos hablaremos otro día.

Grete Stern: "Los sueños de ideales frustrados"; "Los sueños de triunfo y dominación; Los sueños de "inexperiencias"

Enlace a la revista mav, arte y cultura visual: Los sueños de Grete Stern

jueves, 7 de octubre de 2021

Algunos diseños famosos del S. XX (4)

Período 1940-1959

Cigarrillos "Lucky Strike" (1941)
Raymond Loewy
Estiilográfica "Parker 51" (1941)
(Parker, Tefft, Baker)
"Tupperware" (1945)
Earl S. Tupper
Escúter "Vespa" (1946)
Corradino d´Ascanio
Juke box "1015" (1947)
Paul Fuller
Sillón "Dax" (1948)
Charles y Ray Eames
Silla "Hormiga" (1952)
Arne Jacobsen
Bolígrafo "BIC Cristal" (1953)
Marcel Bich
"Greyhound Scenicruiser" (1954)
Raymond Loewy
Radiotocadiscos "Braun SK4" (1956)
Dieter Rams
Piezas de "Lego" (1958)
Ole y Gotfred Christiansen
Sillón "Egg" (1958)
Arne Jacobsen
Muñeca "Barbie" (1959)
Ruth Handler (juguetera Mattel)
Morris "Mini" (1959)
Alec Issigonis
Servicio apilable de mesa "TC100" (1959)
Hans Roericht

[Esta es la prometida 4ª entrega (años 1940-1959; continuará a partir de 1960]

lunes, 4 de octubre de 2021

Carmona, Guardiola, puertas giratorias, impuestos...

Un eufórico Miguel Ángel Carmona accede a la sede de Iberdrola España como nuevo vicepresidente
[(4/10/2021) / granuribe50]