jueves, 17 de septiembre de 2026

«Chez» Matisse (y II). El dibujo y las tijeras

Matisse dibujando a la Mujer persa con la cruz trifoliada (1929) / Fotografía: Hélène Adant
Matisse, Mademoiselle L.D. (1937)
Sigamos. Explicábamos en la entrada anterior que Matisse, antes de dedicarse a la pintura, se interesó mucho por el dibujo, le gustaba. Cuando estudiaba Derecho acudía a una academia nocturna para adiestrarse en el asunto. Es una disciplina que practicó toda su vida. Nos gustan mucho sus dibujos.

Matisse, Grand tête de femme (1945)
En efecto, los resultados siempre nos han gustado, con ese trazo tan característico, sin enmiendas, los contornos puros, las líneas continuas, la seguridad en el trazado... Sin embargo, en la exposición Chez Matisse había muy pocos ejemplos, por desgracia. Algunos de los que adjuntamos nos agradan mucho, pero no estaban allí, al no pertenecer al Centre Pompidou.
Matisse, Le peintre et son modèle (1937)
Este trazado a pluma, la mujer ante el espejo, retratada por el propio Matisse, que queda reflejado en él, siempre le ha "molado" a G.U. Recuerda que lo solía proponer a los alumnnos para que hicieran una reinterpretación del dibujo (previo pase de diapositivas de cuadros del autor), dotándolo de color y proponiendo la decoración que se les ocurriera. Los resultados fueron muy buenos en algunos casos (pocos, a decir verdad). 

Gertude Stein, que lo conocía mucho y fue una de sus descubridoras, afirmaba que «Matisse utiliza sistemáticamente este tipo de trazo desfigurado de la misma manera que se emplean las disonancias en la música, el vinagre y el limón en la cocina o como se aclara el café con cáscara de huevo». Es cierto, deformaba las figuras aposta, pero eso de la cáscara de huevo para aclarar el café no lo vimos venir.
Matisse, Le Repos de la danseuse (carrelage rose el bleu) (1942)
No vayan a pensar ustedes que todo en Matisse era improvisación. Elaboraba sus pinturas de manera precisa, determinando con antelación la forma de las figuras y los colores que pensaba utilizar, aunque sobre la marcha pudieran sufrir variaciones.
Matisse, Carpeta con 20 láminas estarcidas con gouache
Ya hemos dicho que los dibujos y recortes, lo más conocido, tienen poca presencia. 

Sin embargo, a partir de la década de 1940, el deterioro de su salud y las dificultades para pintar llevan a Henri Matisse a una nueva fase creativa, en la que el collage avec papiers découpés (papeles recortados de colores) se convierte en su principal medio de expresión. A este brillante capítulo final de su carrera pertenece Jazz, un innovador y experimental libro del artista, un «manuscrito con pinturas modernas, el más hermoso libro jamás realizado sobre el color», en palabras de su editor, Tériade.

Al respecto, escribía Antonio Muñoz Molina en enero de 2015 en EL PAÍS:

«En sus noches de insomnio, el viejo pintor que ya no tenía fuerzas para mantenerse de pie en el taller delante de un lienzo miraba el techo con los ojos muy abiertos y veía en él figuras sugeridas por las manchas de humedad o las grietas en la pintura. Y como le costaba tanto levantarse de la cama ideó un instrumento de dibujo que consistía en un largo palo de bambú al que ataba un carboncillo en el extremo. Tumbado en la cama, convaleciente de un cáncer que lo dejó casi inválido, Henri Matisse distraía el insomnio haciendo rápidos dibujos en el techo, en su apartamento de París o en su casa de la Costa Azul, y las limitaciones de su propia capacidad y de los medios de los que disponía eran de pronto una liberación más que un inconveniente, un atajo inusitado hacia la originalidad.
Matisse en Niza, Hotel Regina / Fotografía Walter Caron (1948)
»Pero más todavía que hacer dibujos le gustaba recortar figuras en lienzos de papel y ver cómo se desprendían de sus manos, sin apariencia de esfuerzo, como pañuelos de seda desplegándose floralmente en las manos de un ilusionista. Un día recortó la silueta de una golondrina y le pidió a su asistente que la pegara sobre una mancha en la pared del dormitorio. Sobre el papel oscurecido y gastado, la golondrina blanca se desplegaba en un cielo inmediato que era el que Matisse había visto 16 años atrás en su viaje a Tahití.
E inmediatamente después de la golondrina, como atraídos por ella, cobrando forma en la memoria al mismo tiempo que en el papel, vinieron otras criaturas y otras formas de los mares del Sur, una tortuga, una estrella de mar, una caracola, hojas de palmeras, arborescencias submarinas. [...]
Henri Matisse retratado en 1952 en el Hotel Regina de Niza / Fotografía: Lydia Delectorskaya
»Matisse tenía 75 años. Vivió 10 años más, y no paró de trabajar hasta el final de su vida, aunque ya no volvió a usar los pinceles ni el lienzo. En una explosión de libertad y fertilidad creativas que es el don de algunos viejos indomables, Henri Matisse pasó los años de su última vejez recortando y organizando y pegando papeles, usando unas veces unas tijeras de costura y otras de sastrería, según el tamaño de las figuras que tuviera entre manos. Decía que ahora dibujaba con las tijeras. [...]
Jazz, letra de Matisse / El destino e Ícaro
»Decía un amigo suyo que para Matisse los papeles recortados eran como la música de jazz: la improvisación, la instantaneidad, el hallazgo jubiloso que llega sin esfuerzo porque ha requerido muchos años de dedicación obsesiva. Matisse recortaba un pájaro en vuelo y decía que ese gesto de las tijeras avanzando sinuosa y afiladamente a lo largo del papel equivalía a la sensación misma del vuelo. Pero no todo es júbilo en esa galería embriagadora de imágenes: el Ícaro recortado en negro sobre fondo azul tiene marcado en rojo el corazón a un lado del pecho y más que volar parece que está derrumbándose por un disparo; los fulgores amarillos que lo rodean pueden ser explosiones de metralla en el cielo oscuro de las noches de la guerra». [...]

Nadie mejor que Muñoz Molina con su atinada pluma para hablar de eso. Esta faceta de Matisse es la que más le gusta. También a nosotros. Su artículo es muy bello, pero muy extenso para publicarlo aquí integro. Si lo pueden leer en EL PAÍS, aquí está el enlace: 

 Antonio Muñoz Molina: El dibujante con tijeras

Matisse, Las mil y una noches (1950)
Matisse, Desnudo azul (1952)
Matisse, La tristeza del rey (1952)
Antes de ir a la tienda para ver el merchandising establecido para la ocasión, acabamos todo esto con unas frases de Matisse relativas a la música y el color:
Para acabar, la habitual sala para que los niños se diviertan enganchando en paneles diversas formas de color con velcro, a imitación de los recortables de Matisse, pegando grititos y con éxito dispar. Es algo que hacen en muchas escuelas —"ludotecas", las califica F.C.— y no suele faltar ese espacio en este tipo de exposiciones.
Sala infantil, al final de la exposición Chez Matisse / [granuribe50 (26 de julio de 2026)]
Tienda de CaixaForum Barcelona durante la exposición Chez Matisse / [granuribe50 (26 de julio de 2026)]
En la tienda de CaixaForum siempre hay algunas cosas de interés. Aunque la exposición de libros es manifiestamente mejorable, se comprende, ya que hay mucho espacio dedicado a bibelots diversos. Quizá si fuera un poco más grande, a costa del gran hall...

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Exposición «Chez» Matisse (I). La pintura

Aun a sabiendas de que esto que explicamos sucedió ya hace un tiempo y de que la exposición que nos disponemos a comentar se cerró hace hoy exactamente un mes (16 de agosto), pensamos que el arte no tiene fronteras temporales para el disfrute de quienes amamos estas cosas. Vamos a hablar de obras que se produjeron hace cerca de un siglo, pero que siguen vigentes y —gusten más o menos a unos o a otros— poco hay hoy en día que las pueda superar (esto último es una opinión de un carroza, nada más).
La exposición Chez Matisse en CaixaForum de Barcelona (ya estuvo en Madrid antes) acabó el 16 de agosto. Si no estuvieron y les interesa este tipo de pintura (que tiene muchos detractores, no a todos nos gustan las mismas cosas, por suerte), llegan tarde. No hay muchas así por estos lares, la verdad. No estaban las obras más conocidas, pero son las que tiene el Centre Pompidou, que está en obras y va prestando sus fondos para exposiciones temporales. Ahora ésta acabó su recorrido y ha vuelto a París. Estaba bien diseñada y con un recorrido claro, un aspecto importante que no siempre se cumple.

Para no ser demasiado farragosos, dividiremos el asunto en dos entradas, a saber:

I) Las pinturas (la pintura). Nos vamos a limitar a mostrar las obras que más nos han interesado, según nos aparecían. Hemos descartado algunas que no nos gustaron nada.
II) Los recortes (el dibujo y las tijeras). Había menos de lo que G.U. hubiera deseado, ojo.



Matisse no fue como Picasso, un genio del que ya se intuían las trazas de tal desde muy pequeño. Picasso tuvo un padre que era profesor de Dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Málaga y le inyectó en vena la vocación artística. Henri Matisse, por contra, estaba predestinado a continuar con el negocio de ultramarinos (o algo así) de su padre. Entre tanto se cumplían las "previsiones sucesorias" empezó Derecho, para pasar el rato; otros biógrafos dicen que Farmacia, pero da igual, nada que ver con el mundo del arte.

Se había interesado bastante por el dibujo, actividad que desde siempre le gustó mucho. Incluso iba de noche a una academia al salir de la facultad. El caso es que enfermó del intestino durante un año y ¡bendita enfermedad!, porque su madre le regaló una bien surtida caja de pinturas para que se entretuviera un poco. Y ahí empezó todo. Abandonó la carrera y se dedicó a la pintura. ¡Menos mal!
Matisse, Autorretrato (1900)
Matisse, Vajilla y fruta (1900) / Albert Marquet, La cafetera (1902)
Al principio pintó en plan académico, como el el autorretrato que abre la exposición. Por aquel entonces, se hizo amigo de Marquet y ambos pintaban cosas similares.
Matisse, Mesa puesta (1897)
Matisse estaba empezando y pintó otro cuadro muy bueno que no está expuesto, llamado Mesa puesta. Nada que ver con otra mesa puesta muy posterior, que tampoco está aquí, La habitación roja, una de sus obras más conocidas. El caso es que no le gustó nada a su profesor ese cuadro por demasiado clásico, augurándole que así no llegaría muy lejos en este mundillo. Tardó mucho en pintarlo (después fue más veloz) y lo hizo en la habitación más fría de la casa para no tener que reponer las frutas (eran carísimas y Matisse por aquel entonces no tenía ni un duro).
Matisse, Luxe, calme et volupté (1904)
Lujo, calma y voluptuosidad (Luxe, calme et volupté) es una pintura al óleo de 1904. En aquella época, Matisse estaba muy influenciado por Signac, a quien respetaba mucho. El título hace referencia al poema de Baudelaire Invitación al viaje, contenido en Las flores del mal: «Allá todo es orden y belleza, lujo, calma y voluptuosidad» (1857).
Matisse, Pont de Saint Michel (1900)
Obras presentadas por Henri Matisse en la Sala VII del Salon d´Automne de 1905 (París)
Matisse siguió espabilando, hasta el punto de que en el Salón de Otoño de 1905 presentó la famosa Mujer con sombrero junto con obras rompedoras de otros artistas (Derain, Braque, Marquet, etc.). El susodicho sombrero consiguió que la gente se enfureciera y hasta hubo quien, más cabreado que los demás, ¡llegó a arañarlo! Como estaba expuesto en la sala VII, en la que había también una escultura del estilo de las de Donatello, el afamado crítico Louis Vauxcelles escribió una reseña titulada Donatello parmi les Fauves (Donatello entre las fieras), que daría origen al término Fauvismo

A Gertrud Stein le interesó mucho ese cuadro tan audaz, vio allí una "ventana de oportunidad" y lo compró por cuatro chavos. Quiso conocer a Matisse, se hicieron amigos y éste le presentó a Picasso. Les compró varios y buscó marchantes a ambos y a otros (Derain, Braque, De Vlaminck, etc.; algunos de sus cuadros figuran aquí).
Un aspecto del inicio de la exposición Chez Matisse en CaixaForum Barcelona (julio de 2026)

De Vlaminck, Calle Marly le Roi; Derain, Vista de Collioure (1905)
Matisse La Moulade (1905)
Gertrude Stein compraba muchos cuadros, los exponía en su casa de Rue de Fleurus y por allí empezaron a desfilar sus autores, hasta que, para regular el asunto, estableció un horario los sábados, en que se celebraba una especie de merienda-cena a su cargo.

Los artistas bebían, cenaban, discutían, no se tragaban unos a otros, pero se informaban de lo que hacían los demás y todos salían la mar de contentos, porque Gertrude los sentaba delante del cuadro que les había comprado y además prometía presentarles a marchantes. ¡Qué hubiera sido de algunos de ellos sin el mecenazgo de Gertrude Stein!
Georges Braque, Bahía Ciotat; Golfo Les Lesques (1907)
Braque frecuentaba también el apartamento de Gertrude Stein en el 27 de la rue de Fleurus, como casi toda la vanguardia artística de la época. Sin embargo, a pesar de que ella compró y tenía en su casa varias obras suyas, el pintor nunca formó parte de su círculo ni recibió una promoción directa de su parte. Cuando Braque abrazó el cubismo, su principal promotor fue Daniel Kahnweiler. Gertrude siempre prefirió a Picasso, a pesar de que el retrato que éste le hizo (1905-1906), casi precubista (una obra muy conocida), no hay constancia de que le entusiasmara especialmente a Gertrude, aunque el resultado final no le desagradó. De hecho, Picasso rehizo su rostro varias veces.
Robert Delaunay, Paysage au disque (1907)
Paysage au disque lo pintó Robert Delaunay en 1907. La utilización del color es fauvista, pero Delaunay se había apuntado por entonces al orfismo puntillista, inspirado por Signac, un artista que tuvo una gran influencia en muchos pintores, como en el caso de Matisse y su Lujo, calma y voluptuosidad (Luxe, calme et volupté), de 1904, antes citado. Allí combinaba la técnica del puntillismo con un uso audaz y no naturalista del color, marcando ya la transición hacia el fauvismo.
Matisse, Le luxe, (Lujo I), 1907
Lujo I lo pintó Matisse en el verano de 1907. Tres figuras femeninas en un paisaje costero esquemático, un poco la continuación de la pintura que vimos antes, pero aquí ya no hay atisbos de puntillismo. Es un momento clave hacia su lenguaje más personal.
Natalia Goncharova, Naturaleza muerta con bogavante (1909)
Naturaleza muerta con bogavante (1909) es una obra expresionista de la pintora vanguardista rusa Natalia Goncharova que ejemplifica el fructífero diálogo entre el arte ruso y el fauvismo francés. La pintura revela que había asimilado las teorías cromáticas de Henri Matisse y los pintores fauves. A diferencia de la delicadeza de ciertas corrientes francesas, Goncharova impregna la composición con una energía tosca, directa y casi primitiva, se diría que vinculada a sus raíces rusas, con un cierto aire neoprimitivista. Los objetos y superficies se vuelcan hacia el espectador, aplanando deliberadamente el espacio pictórico. A G.U. le gusta mucho este cuadro, quizá por la amenazadora presencia del bogavante y esa horizontal divisoria entre los colores.
August Macke, Mujer tocando el laúd (1910)
Mujer tocando el laúd (Lautenspielerin) es un óleo pintado en 1910 por el artista expresionista alemán August Macke, un pintor que nos gusta mucho, al que hemos dedicado alguna entrada en esta casa. Macke fue una de las figuras clave del expresionismo alemán y del grupo Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), destacando por el uso de colores intensos y luminosos. Falleció muy joven, en el frente, a los 27 años.
Desnudo tumbado; Dos negras; Jeannette I y IV (Matisse)
El Rapto de Europa (Lipchitz, 2ª a la izquierda)
Matisse fue uno de los primeros artistas en mostrar interés por el arte africano. El caso es que también practicó la escultura; se muestran algunas en la exposición, aunque casi nunca intentó reproducir en sus obras la escultura africana.
Matisse, Nature morte à la statuette africaine
Salvo en este caso —la excepción confirma la regla—, en que reproduce una escultura del Congo que había comprado a un anticuario. Es Nature morte à la statuette africaine, una obra que no está en la exposición. Parece ser que esa escultura entusiasmó a Picasso. De hecho, parte de la obra cubista posterior del malagueño se ha dicho muchas veces que estaba vagamente inspirada en ese arte africano. Quizá sí.
Matisse, Margueritte au chat noir (1910); L´Algérienne (1909)
La de la izquierda es un retrato de su hija (a la que dibujó y pintó varias veces), titulado Marguerite au chat noir (Marguerite con gato negro), pintada en 1910 por Matisse. Nos gusta ese azul turquesa y el rosa, que divide el cuadro por la mitad. A la derecha, L' Algérienne (La argelina) fue pintada en la primavera de 1909. Esta obra destaca por el uso vibrante del color y cierto aire norteafricano, que está presente en muchas de sus obras. Le atraían mucho Argelia y Marruecos, a donde viajó algunas veces. En esos viajes quedó fascinado por el paisaje, la artesanía local, los textiles y los motivos arabescos.
Matisse, Intérieur, bocal de poissons rouges (1914)
Nos gusta mucho este cuadro, Interior con pecera (1914), la relación interior-exterior de su taller en París. Detrás de la pecera, un gran ventana da al Sena y al Pont de Saint-Michel. La obra está dominada por los tonos azules, con la pecera y los dos peces de color rojo anaranjado como centro de interés de la composición. Muy bueno.
Matisse, Tête blanche et rose; Porte-fenêtre à Collioure (1914)
Tête blanche et rose es una incursión de Matisse en el cubismo, en 1914, una obra bastante insólita en él. Su hija Margueritte de nuevo, pero ¡qué diferente al retrato de Margueritte con el gato; también la obra de la derecha, Porte-fenêtre à Collioure, radicalmente geométrico y minimalista.
Matisse, Lorette à la tasse de café (1917)
La modelo Lorette yace en una pose escorzada. En este caso, predominan los tonos apagados, neutros, ocres y grises, algo bastante poco habitual en Matisse.
Matisse, Intérieur à Nice, la siesta (1922)
Interior en Niza, la siesta (1922). Tiene varias en este tipo de ambiente. La escena representa a una mujer recostada en un sillón disfrutando de un momento de descanso, enmarcada por una ventana abierta con las típicas persianas de Niza y postigos azules, y un rico juego de patrones decorativos usuales durante su estancia en la Costa Azul.
Muchos sostienen que el arte debe agredir, inquietar; si no... no es arte. Si hemos de hacer caso a estas palabras, Matisse no militaba en ese equipo, afortunadamente.
Matisse, Le Rêve (1935); Nu rose assis (1935-1936)
Lidia Delektórskaya fue una mujer que asumió tareas propias de galerista, editora y ayudante del pintor, posando incluso para él en diversas pinturas y dibujos. En la de la izquierda destaca el cabello en tonos verdosos con un fondo azul muy texturizado. La segunda es un desnudo de líneas fluidas, un cuadro que sufrió varias modificaciones hasta la simplificación final, muy propia de la madurez de Matisse. Nos gustan ambos.
Otro aspecto de le exposición Chez Matisse en CaixaForum Barcelona (julio de 2026)
Matisse, Nature morte au buffet vert (1928)
Nature morte au buffet vert, es un bodegón bastante famoso, un punto cézaniano, que nos gusta mucho. Ya saben que Paul Cézanne fue la gran figura que influyó en muchos artistas de las primeras décadas del S. XX. La obra está compuesta por un aparador de tono verde, un plato con frutas, la jarra decorada y un mantel a cuadros.

Henri Matisse siempre dijo que le gustaba mucho más pintar o dibujar personas que naturalezas muertas, pero aquí no lo parece, la verdad. La composición destaca por el uso expresivo del color, contraponiendo el hermoso verde del aparador y el azul del mantel con el fondo y la luminosidad de las frutas. Otra vez un brillante contraste entre colores complementarios. Si le quitas al cuadro esos tonos anaranjados, la cosa pierde. 

Escribía Picasso así, y tal vez no le faltaba razón:

«El hecho de que en uno de mis cuadros aparezca una mancha determinada de rojo no es lo esencial del cuadro. Se pintó independientemente de ello. Podrías sacar el rojo y el cuadro continuaría allí. En Matisse, empero, es impensable suprimir una mancha de rojo, aunque fuera muy pequeña, sin que el cuadro se venga abajo inmediatamente»

De las obras que siguen en esta 1ª parte ninguna es de Matisse:
Picasso, Naturaleza muerta con candelero (1944)
No vamos a aburrirles más. Ya que citamos a Picasso, acabamos esta entrega con una obra del susodicho, de un cubismo tardío (Naturaleza muerta con candelero). La pintó en agosto de 1944 en París, coincidiendo con la liberación de la ciudad. Otra, de una de sus novias, Françoise Gilot, la única mujer que fue capaz de dejarlo plantado, Fregadero y tomates. Las de un pintor nabi, Pierre Bonnard y, de remate, una del gran arquitecto Le Corbusier, que ¡también pintaba! (muy bien, por cierto).
Françoise Gilot, Évier et tomates (1951)
Pierre Bonnard, Nu à sa toilette (1931); Nu de dos à la toilette (1934)
Le Corbusier, Metamorfosis del violín (1920-1952)
[Continúa en Chez Matisse (y II). El dibujo y las tijeras]
En efecto, dejamos para otra entrega (II) los recortes de papel pintados con gouache y algunos dibujos, que no tienen mucha presencia en la exposición, por desgracia.

[Las fotografías las tomó granuribe50 el 26 de julio de 2026, salvo las de los cuadros que no estaban en la exposición; a saber: las del Salon d´Automne y Nature morte à la statuette africaine. En cuanto a las imágenes de los textos, están tomadas del libro Matisse (Ed. Taschen), de Volkmar Essers, muy recomendable. Otras reflexiones están tomadas de la Autobiografía de Alice B. Toklas, un libro autobiográfico escrito por Gertrude Stein en 1933 simulando ser su amiga Alice, muy recomendable también. G.U. lo obtuvo porque M.C. se lo regaló en una cafetería de las Ramblas a finales de 2019. Siempre solemos volver a él cuando queremos saber cosas del arte y la literatura de aquellos años en el París de las primeras décadas del S. XX, en los que Gertrude Stein estuvo tan implicada].

martes, 15 de septiembre de 2026

La enseñanza y el Informe PISA

Hace un par de meses G.U. comentaba la situación de la enseñanza con un amigo, compañero y colega que ha dado clase durante más de 30 años en los jesuitas de Caspe y tiene un nieto que estudia allí. Se le ocurrió preguntarle por lo que hacía en el cole el zagal. Y le sorprendió, ya que uno esperaba que le dijera que "le va cojonudo y aprende mucho". Pues va a ser que no, con toda la sinceridad del mundo, confesó: «¿Quieres que te diga la verdad?: NADA. No hace nada más que "proyectos colaborativos" y no sabe nada de nada. Lo poco que aprende se lo enseño yo cuando vuelve del colegio». Estamos hablando de enseñanza privada concertada en un colegio caro (o sea que no sólo es la pública) y de un abuelo culto que sabe enseñar. Otra cosa tal vez son los colegios de élite a los que envían los políticos y empresarios a sus hijos.

G.U. no tiene nietos, se baja en la próxima y todo esto poco le afecta a él personalmente, es cierto. Pero, aun así le preocupa, quizá por haber sido docente treinta y tantos años. Los políticos son una EME pinchada en un palo, sí, y tienen la culpa de muchas cosas relativas a este asunto, pero hay toda una cadena burocrática que empieza con ellos, que son los que aprueban las leyes. Pasa por los inspectores y por los psicopedagogos que llenaron los colegios con más poder que nadie y acaba en los profesores que son los que dan la clase en el aula, pasando por las familias, claro. Todos son responsables de este fiasco, como explica Jordi Martí, el autor del artículo que cierra esta esta entrada.

Se suprimieron los deberes en casa, los exámenes de septiembre, las notas, las lecturas obligatorias y los libros se sustituyeron por ordenadores y tablets. Se desacreditó el esfuerzo y la memorización, convertidos ambos en bestias negras a abolir, pero tan necesarios para el aprendizaje y para obtener una formación de calidad. "Da igual, todo está en Google", decían. El que estudiaba quedó estigmatizado e incluso acosado por sus compañeros, ante la pasividad de profesores, directores e inspectores porque la presencia de "las redes" hacía que eso se produjera casi siempre fuera del recinto escolar. Algunos profesores exigentes eran ridiculizados en los claustros por sus propios compañeros por hacer bien su trabajo, por exigir y suspender al que no sabe.

Y así, como dice a veces F.C,, los colegios e institutos se convirtieron en "ludotecas". Todo eso con la complicidad de todos. Ante todo este panorama, G.U. esperaba que el resultado PISA fuera todavía peor, algo que intentaron evitar las autoridades educativas catalanas falseando el censo de alumnos que debían pasar esas pruebas. En fin, todo un panorama. Por cierto, casi en lo único que se ha mejorado es en el nivel de apego de los alumnos a su centro escolar; no es raro que les guste, si ¡es una ludoteca!

Sobre el asunto que nos ocupa, Jordi Martí escribía hace unos días el siguiente texto, que reproducimos entero, ya que no sabemos qué párrafos seleccionar, todos dicen cosas. Se podrá estar más o menos de acuerdo con él, pero es una opinión informada la suya que cabe tener en cuenta.

«Existe una narrativa tan cómoda como falsa que circula estos días por los pasillos de los centros educativos y las redes sociales que consultan los docentes. Me refiero a la que dice que el desastre actual de la enseñanza es culpa única y exclusiva de los politiquillos de turno. Según este mito, los docentes seríamos víctimas inocentes de un engranaje burocrático diseñado en un despacho de la Consejería o del Ministerio mientras nosotros, abnegados héroes, estaríamos intentando resistir a pie de aula.

Siento aguar la fiesta del victimismo, pero la realidad es mucho menos amable con el colectivo docente.

Las leyes aberrantes y los currículos vaciados no se aplican solos en el aula. Para que el virus del adoctrinamiento pedagógico, la devaluación del conocimiento y la pedagogía del bienestar hayan destruido la escuela pública, ha hecho falta algo imprescindible... colaboracionistas a pie de aula. Ha hecho falta una tupida red de colectivos, fundaciones, plataformas y grupos de renovación pedagógica que, camuflados bajo un aura de romanticismo de la transición o de modernidad vanguardista, han actuado como la quinta columna de la pedagogía de laboratorio.

Hablemos de ellos. Repasemos cómo operan y destapemos el gigantesco entramado de subvenciones, difusión mediática afín e ideología de trinchera sobre el que han levantado su imperio de miseria intelectual. No les pongo nombres, pero seguramente seréis capaces, si tenéis un poco de conocimiento de la situación, de saber a quienes me estoy refiriendo.

Tenemos aquel movimiento que en los años 60 y 70 nació como un movimiento necesario de resistencia pedagógica y renovación metodológica bajo el franquismo. Un movimiento que ha terminado convirtiéndose con las décadas en una vicaría ideológica fosilizada. Pasaron de defender la escuela pública a convertirse en la guardia de corps de la desestructuración de los temarios. Su influencia en el ámbito catalán y su capacidad para dictar la «línea correcta» a generaciones de maestros ha sido devastadora. Han sustituido el aprendizaje riguroso por la autoindulgencia, elevando la espontaneidad del niño a dogma religioso y convirtiendo cualquier atisbo de exigencia, examen o memoria en un pecado capital contra su particular evangelio pedagógico.

Después tenemos a ese laboratorio privado que ha devorado, con su experimento, a la pública y a la privada-concertada. Se trata experimento de ingeniería pedagógica masiva de la última década. Nacido al calor de una determinada Fundación, la UNESCO y el apoyo de una Universidad online, este proyecto logró lo que parecía imposible. Persuadió a cientos de centros públicos para que dinamitaran voluntariamente sus estructuras, sus asignaturas y sus horarios para sustituirlos por el trabajo por proyectos sin base, las aulas sin paredes y el caos organizativo. Vendiéndose como la panacea de la innovación del siglo XXI, convirtieron las aulas y a sus alumnos en cobayas de laboratorio mientras las escuelas privadas de élite seguían enseñando matemáticas, lengua y ciencias con rigor a los hijos de quienes financiaban el invento.

No se puede entender el hundimiento conceptual de la educación sin seguir la pista del dinero. Hay Fundaciones que han sido el auténtico think tank de la devaluación educativa. Con un presupuesto envidiable, la cobertura de los grandes medios de comunicación y una capacidad de influencia directa sobre las Consejerías, llevan años emitiendo informes a la carta para justificar la rebaja de la exigencia, el regalar las promociones y la eliminación del valor de la nota académica. La paradoja es de un cinismo absoluto. En nombre de la equidad, han destruido el único instrumento que permitía al hijo de la clase trabajadora competir en igualdad de condiciones. Me estoy refiriendo al conocimiento.

También ha surgido en las redes los colectivos y asociaciones de «la militancia del mínimo esfuerzo». Aparecidos al calor de las redes sociales y del activismo de asamblea imperial, estos colectivos llevan la bandera de la inclusión y la emancipación para justificar el vaciamiento absoluto de los contenidos. Para esta rama del colaboracionismo, exigir que un chaval aprenda a redactar o a resolver una ecuación es una forma de violencia sistémica y de exclusión. Han logrado que la mediocridad se vista de progresismo y que el docente que intenta enseñar algo con rigor sea tachado de fascista, racista o, directamente, nazi.

Y, finalmente, existen esas plataformas que funcionan como correa de transmisión de los partidos de la órbita de la izquierda burocrática y de los sindicatos afines. Su papel nunca ha sido mejorar el aprendizaje de los alumnos, sino garantizar que la hegemonía cultural del pedagogismo no se mueva un milímetro del boletín oficial cuando mandan los suyos. Tienen sus cuotas de poder garantizadas en las comisiones de expertos, colocan a sus cuadros en las Direcciones Generales de Educación y reciben jugosas subvenciones públicas para organizar jornadas, publicar revistas ininteligibles y repartirse carnés de pureza metodológica.

Hay un patrón común que une a todos estos colectivos. Tienen el mismo sesgo ideológico, la misma fijación por el postureo y las mismas puertas giratorias.

Cuando el partido afín llega al gobierno autonómico o estatal, los miembros de estos grupos pasan mágicamente de firmar manifiestos a redactar decretos de currículum. Se adjudican contratos de formación del profesorado, monopolizan los Centros de Profesores y llenan las salas de actos vendiendo sus libros y sus aplicaciones de evaluación. Cuentan, además, con la complicidad absoluta de los grandes medios de comunicación, que abren sus portadas y sus programas de radio a sus portavoces para que nos vendan la educación del futuro mientras las estadísticas de comprensión lectora se hunden en la miseria.

Pero lo más sangrante no es el dinero público que absorben ni el espacio mediático que ocupan. Lo verdaderamente intolerable es que, en esos quintacolumnistas, hay docentes que traicionan a sus propios compañeros y, lo que es más sangrante, a sus propios alumnos.

Han actuado como comisarios políticos en las salas de profesores, señalando al docente tradicional, ridiculizando la lección magistral y presionando a los claustros para que se apunten a la última moda pedagógica subvencionada. Han vendido la ilusión de que se puede aprender sin esfuerzo, saber sin estudiar y progresar sin exigencia.

Las leyes cambian con las legislaturas, pero el entramado de estos colectivos permanece. Son el virus latente en el sistema. Y hasta que la resistencia (que, en este caso es mayoría) no señale sin complejos a estos colaboracionistas, seguiremos viendo cómo devoran la escuela desde dentro con la complacencia de quienes cobran por destruirla.

Finalmente deciros que, aunque el sesgo ideológico que os he comentado de estos quintacolumnistas sea siempre el mismo, no debemos olvidar que también existe su némesis en el otro lado. Una némesis menos interesada en experimentos pedagógicos y más interesada en meter cucharada en otros ámbitos».

Enlace: Los quintacolumnistas de la educación