domingo, 23 de agosto de 2020

Leyendo la autobiografía de Woody Allen

Ahora G.U. está con la autobiografía de Woody Allen, titulada A propósito de nada. Se trata de un libro con un exceso de nombres propios de gente del espectáculo, en especial de aquella con la que colaboró o a la que admira; gente que en general es totalmente desconocida para G.U. De todos se deshace en elogios, que a veces se nos antojan un poquillo desmesurados, salvo de Mia Farrow, claro. Es un libro bastante desordenado y un punto irregular, como su cine, pero interesante. Está muy bien escrito; se va por las ramas muchas veces, pero no pierde nunca el hilo y siempre acaba volviendo; parece él hablando en sus películas. Dedica quizá demasiadas páginas a su relación con Mia Farrow y Soon-Yi (muchos/as lo han leído para ver qué dice), pero se leen bien aunque a uno no le guste gacetear. Sigamos:

Le ha llamado la atención cuando narra cómo se aficionó al cine en su infancia, en aquellas sesiones dobles del barrio de Brooklyn. Es en esas páginas que Woody Allen nos cuenta que era un niño cuando, gracias a su prima Rita, cinco años mayor que él, empezó a ir al cine de forma regular. Ella le llevaba con sus amigos cada sábado al mediodía para ver la función doble en el Midwood, la sala del barrio de Brooklyn donde vivían. ¡Y vaya si le picó el gusanillo! Nos explica así aquellos días:

«Hollywood se me quedó fijado. Bogart, Cagney, Edward G. Robinson, Rita Hayworth... Lo que aprendí fue ese mundo de celuloide. Que era más grande que la vida real, superficial, falsamente glamuroso, pero no me arrepiento ni un fotograma. Cuando me preguntan cuál es el personaje de mis películas que más se parece a mi, solo tenéis que mirar a Cecilia en The Purple Rose of Cairo».



Nosotros, de pequeños también íbamos mucho a los cines del barrio, o más lejanos incluso. El Adriano, el Spring, el Bonanova, el Selecto, el Roxy, el Proyecciones, el Avenida de la Luz o también —en plan un poco más deprimente— el colegio de los jesuitas, donde "echaban", además, cortos de "el Gordo y el Flaco" o de Charlot el domingo por la tarde. Eso sí, el NODO no faltaba nunca y en él siempre caía un trocito de algún partido de fútbol, sobre todo si asistía Franco.

Barcelona, cine Adriano (1955)
Pero quizá lo que más recuerda G.U. son las tardes de jueves o de domingo en sesión continua en el susodicho cine Adriano. Allí no existía ese misterio que rodeaba a otras salas, que estaban más perfumadas y tenían moqueta y luces indirectas en los escalones, con el telón del escenario plegándose y desplegándose varias veces con gran pompa y ceremonia. En efecto, era todo un poco más cutrecillo en el Adriano; pero, aún así, los acomodadores parecían almirantes, con gorra de plato y un vistoso traje marrón con hombreras y solapas azules, botones dorados y otros aditamentos.

Allí vimos muchas veces películas como "20.000 leguas de viaje submarino" (el record está en ocho veces "Sueños de circo"), comedias, del oeste, de aventuras, de guerra y todo lo que nos echaran: películas del 1 ('todos los públicos'), del 2 ('jóvenes'), del 3 ('mayores'), del 3R ('mayores con reparos') o ¡del 4! ('gravemente peligrosa'), según la calificación del S.I.P.E., un boletín que publicaba la iglesia católica, siempre velando por nuestra salud espiritual. Allí nos instalábamos a pasar la tarde y, aunque no era fácil encontrar dónde sentarse, ya se ocupaba de ello una muchacha llamada Julia, enormemente diestra en el lanzamiento de abrigos a distancia desde el pasillo, para reservar cualquier butaca que quedara libre.

Luego, con el tiempo, derribaron el Adriano, la infancia se acabó y no la hemos recuperado. Levantaron en su lugar un anodino bloque de pisos. Con los otros cines fue pasando más o menos lo mismo. Punto y final.



Pero, a diferencia de Woody Allen, todas esas sobredosis de cine que nos pegábamos no derivaron en una vocación como la suya, tan fructífera (ha dirigido más de cincuenta películas). En otro momento del libro, nos describe algunas de las emociones que le provocaba entrar en aquel cine de su barrio, el Midwood. Dice así:


«La música pop de aquella época consistía en Cole Porter, Rodgers y Hart, Irving Berlin, Jerome Kern, George Gershwin, Benny Goodman, Billie Holiday, Artie Shaw, Tommy Dorsey. De modo que allí estaba yo, empapándome de aquella música tan hermosa y de películas. Primero, una función doble por semana; luego, a medida que pasaban los años, iba cada vez más a menudo. Era tan emocionante entrar en el Midwood los sábados por la mañana, con las luces de la sala todavía encendidas, mientras una pequeña multitud compraba golosinas y hacía cola y algún disco popular sonaba en el fondo para evitar que los asistentes se amotinaran hasta que bajaban las luces. I´ll Get By por Harry James.

Nueva York; Teatro Cine Midwood (barrio de Brooklyn, 1941) 

»Los apliques tenían pantallas rojas, las molduras eran de bronce dorado, las moquetas eran rojas. Por fin, se apagaban las luces, se abría el telón y la pantalla plateada se iluminaba con un logotipo que te hacía salivar el corazón, si se me permite mezclar las metáforas, con anticipación pavloviana. Yo las veía todas: cada comedia, cada película de vaqueros, cada historia de amor, cada película de piratas, cada filme de guerra.


Muchas décadas más tarde, mientras paseaba con Dick Cavett por una calle donde en otra época había una majestuosa sala de cine y en ese momento solo un espacio baldío, los dos nos quedamos contemplando aquel solar despojado y recordamos como, en otros tiempos, él y yo nos sentábamos en medio de aquel terreno y nos dejábamos transportar a ciudades extranjeras llenas de intriga, a desiertos rodeados de románticos beduinos, en barcos, en trincheras, a palacios y reservas indias. Pronto construirían allí un eificio de apartamentos, en el mismo sitio donde tiempo atrás habían demolido el Rick´s Café».

3 comentarios:

  1. tenía su encanto, esos cines de barrios. Yo recuerdo el América, en el Para lel, y el Avenida, un poco más hacia la plaza España, también en el Para Lel.
    Salut

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    1. Eran los llamados cines de reestreno. El propietario solía llevar varios cines por el barrio y tenía contratados a jóvenes con bicicleta, que se encargaban de transportar las bobinas con las películas de un cine a otro aprovechando el descanso. Si había un contratiempo, éste se prolongaba más de la cuenta. Pero aguantábamos lo que fuera con tal de llenar la tarde.

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  2. Querido Uribe, te has olvidado del cine Rialto, en la antigua plaza Calvo Sotelo, hoy pza. Lluis Companys, creo. Allí vimos "Las 20.000 leguas de viaje submarino", "Semíramis, esclava y reina", protagonizada por una pelirroja que le gustaba mucho al Tapir; creo que era Maureen O´Hara. Años más tarde creo que pasaron allí "Jules et Jim".Era también de reestreno, pero un poco más fino, en atención al barrio.

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