viernes, 15 de marzo de 2019

Ahora le toca a los jesuitas de Sarriá

«Cura que en la vecindad
Vive con desenvoltura,
¿Para qué le llaman cura,
Si es la misma enfermedad?»



Eso escribió Góngora en su poema Cura que en la vecindad, unos versos que se ha dicho a veces que iban dedicados a Lope de Vega, un tipo de «polaina ligera» (en palabras del padre de G.U), por su disoluta y promiscua vida, llena de amantes, casas e hijos (tuvo diecisiete, de madres diversas). Así le puso música Mateo Romero a principios del S. XVII:

Mateo Romero, Cura que en la vecindad (Luis de Góngora) / CAMERATA IBERIA

Pero aquí no vamos a hablar de eso, sino de la pederastia de los curas, un tema delicado que abordaremos de puntillas. En opinión de R. de E., el celibato de esa gente «se impuso por motivos económicos, para que las posibles riquezas de los curas no fuesen a parar a sus viudas e hijos sino a la santa madre iglesia. A partir de entonces, tuvieron que optar entre adaptarse a la norma o dedicarse al sexo clandestino». Fuera con mujeres, o entre ellos mismos, o... manoseando a menores, y esto último, lo de los niños, es lo que nos ocupa y preocupa, porque lo demás... ¡allá películas!



Sea como fuere, ya lo adivinábamos desde estas páginas hace unos meses. A lo de los maristas de Barcelona, de los jesuitas de Gijón o Bilbao y de los monjes de Montserrat (ya hablaremos de éstos), seguiría pronto algo referido a los jesuitas de Sarriá, en Barcelona. Y ¡bingo! El vaticinio tenía cierta lógica, ya que, si había pasado en otros lugares... ¿por qué no allí? Y, en efecto, ya van cayendo los casos como fruta madura, tal como nos contaba ayer El Periódico.

Fachada del colegio de San Ignacio, de los jesuitas de Sarriá (Barcelona)
Como quizá sepan algunos de ustedes, porque lo hemos comentado en otras ocasiones, G.U. estudió en ese colegio de jesuitas durante nueve años, desde lo que llamaban "Preparatoria" al "Preu".

Hace unas semanas eran dos curas de ese centro, de los que no guardamos mucha memoria, y anteayer surgió el tercer caso, y más que irán saliendo. En esta ocasión se trata de un personaje bastante significado en el colegio de San Ignacio de aquella época: nada menos que el padre prefecto, una especie de jefe de estudios, un tipo —según palabras de El Tapir, que también lo conoció— «un poco gris, de suaves mejillas sonrosadas y mirada tímida». Uno lo recuerda cuando nos venía a cantar públicamente las notas mensuales, provisto con una especie de enorme libro apaisado, lanzando pomposamente las loas y admoniciones correspondientes, según fuera el resultado obtenido por cada zagal.

Pero, a decir verdad, G.U. nunca recibió ningún otro recadito de ese sujeto, al margen de la advertencia correspondiente cuando las notas no eran buenas, o sea, pocas veces. Tampoco de ningún otro jesuita, aunque sí sintió algunos indicios extraños en momentos diversos, especialmente en el confesionario o durante los llamados «Ejercicios Espirituales». La lejana percepción que uno pueda tener a esas edades tan lejanas hace difícil discernir, pero si a uno le toca un cura los huevecillos o le da por la retaguardia es como para recordarlo...

Colegio de San Ignacio, de los jesuitas de Sarriá (Barcelona) / Patio, capilla, salón de actos y entrada a la capilla
Lo que sí recuerda perfectamente Gran Uribe, aunque en blanco y negro, es aquel enorme colegio. Con sus pasillos interminables y un poco lúgubres, como de sanatorio o de correccional, que recorríamos en perfecta formación en dos columnas a ambos lados (ventanales y pared), encabezadas por los "jefes de fila"; con su iglesia de tipo neogótico, en la que hacía un frio del carajo y a la que íbamos cada día a misa; y con el pomposo salón de actos, donde se celebraba trimestralmente la solemne "promulgación de dignidades" a la que nos hemos referido en estas páginas alguna vez.

4 comentarios:

  1. ¿Usted estudió allí, Uribe? ¿Salió normal? Bueno, qué digo, yo hice el bachillerato en un lugar bastante parecido...
    Muchas gracias
    F.G.

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  2. Yo también estudié allí. No sé si salí normal, eso lo tienen que decir los demás, pero al menos sobreviví sin noticias de los pederastas que, al parecer, había. Tal vez eso lo sufrirían más los internos. Nosotros, los externos, a las 13:30, por la mañana, y a las 18:30, por la tarde, nos íbamos, muy contentos, a casita. De lo que hicieran los que allí se quedaban a dormir no nos enterábamos.
    El Tapir

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    Respuestas
    1. Por la TV hay un anuncio de EL OCASO (casa de seguros de premonitorio nombre) en el que salen, no sé por qué, muchas imágenes del colegio de San Ignacio, solo que en alegres colores, no como las que publico aquí.

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  3. Había muchos curas libidinosos, aunque, claro, algunos no. Lo malo es que no saliera nada de eso a la luz. MJ

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