Alfonso Laurencic (1902-1939) fue un sujeto esloveno que acabó recalando con su esposa en la convulsa Barcelona de 1933, después de muchas vicisitudes, idas y venidas. Durante la guerra civil, estuvo facilitando salvoconductos de salida de la ciudad a gente de dinero. Por tal motivo, fue detenido y, después de ser internado en diferentes checas, llevado a la de Vallmajor (muy cerca de donde en los setenta vivió G.U. varios años). El tipo era simpático, se las daba de arquitecto y no era mal dibujante.
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| "Diseño" de Alfonso Laurencic para las "checas" de la calle Vallmajor (Barcelona, 1937) |
Hasta tal punto que se hizo "colega" de los que llevaban aquel antro infame y llegó incluso a diseñar diversas celdas para aquel lugar (hizo lo propio con las de la calle Zaragoza). Los encerrados allí no podían ponerse de pie, las paredes del habitáculo rezumaban humedad y una luz les daba en los ojos día y noche. También diseñó otras más grandes, en las que incorporó copias de pinturas abstractas de la Bauhaus, camas inclinadas para dificultar el descanso y suelos con ladrillos de canto que impidieran moverse por ellas. Al acabar la guerra, Alfonso Laurencic fue fusilado en el Campo de la Bota, en julio de 1939.
Susana Frouchtmann explica con detalle en El hombre de las checas: La historia de Alfonso Laurencic, el artista de la tortura todo lo que intentó averiguar sobre ese sujeto y su esposa, que había sido institutriz de sus hermanas a finales de los años cincuenta. Los resultados de sus arduas pesquisas son casi siempre exiguos; prácticamente todo el papelamen relativo a aquellos hechos ya no existe.
[El abuelo de Susana por parte de madre (de
ascendencia judía por parte de padre) fue fundador de la Clínica Corachán,
lugar bien conocido por G.U. Se trataba de una acomodada familia de
derechas].
En el epílogo del libro, y al margen de su investigación, Susana escribe algo, refiriéndose a su padre, que a G.U. le gustaría recalcar y que muchas veces olvidamos todos (incluido G.U., mea culpa):
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«No se puede proscribir a nadie por el mero hecho de que no piense
como tú, y él no lo hizo. Fuera cual fuera su ideología, respetar la
de los demás es un síntoma de honestidad y talante democrático. Algo
que en pleno Siglo XXI no pocos ven cuestionado, intimidados,
asimismo, por nuevas y solapadas formas de fascismo. Imbuidos ahora
también de una verdad irrebatible: no es políticamente correcto ni
aceptable ser de derecha o conservador, cuando lo que no debería ser
aceptable es ser inmoral de cualquier forma. Creo que si nos
consideramos verdaderamente demócratas, debemos aceptar el amplio
abanico que va de la derecha a la izquierda con todos los matices.
[...] Desconociendo qué haría yo de haber estado en su lugar; yo, que nunca viví una guerra, ni perdí en ella a un hermano, que murió en mi lugar. Olvidando lo que tantas veces hago mío, aunque sea de Voltaire: «No comparto tu opinión, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla». Daría mi vida pero no mataría, porque estoy contra todo tipo de violencia. También la verbal. La violencia nunca ha sido ni será un argumento». |



La auténtica reparación
ResponderEliminary reconciliación, no llegará,
mientras la historia se escriba
desde un solo lado, el de los
que perdieron la guerra, hasta
que no empecemos a ver placas
y bustos recordando a gente de
uno y otro bando, no me lo creeré,
y aunque soy ateo, matar a un
cura, o monjas , es mancharse las
manos de sangre como los que
se las mancharon, al llevarse por
delante, a rojos y masones y
anarcas, hay que explicarle
esto, al ministro de memoria
democratica,ese sinvergüenza,
que ya le hizo la rosca a Zapatero,
siendo alcalde de mi ciudad, buen
finde, un saludo.