G.U. reconoce que hasta hace unos días no había oído hablar del Helicoide de
Caracas. Pero, tal como escribe
Pedro Torrijos en su espléndido reportaje de
Twitter (X) —ojo, no todo es malo en esa red—, «es un resumen construido de la
historia de Venezuela. Un centro comercial nacido para un futuro motorizado y
voraz, que se recorrería en coche —sin bajarse de él— pero acabó convertido en
prisión».
En la Venezuela de los años 50, con el dictador Pérez Jiménez al mando, el país rebosaba
gasolina, dólares, silencio cívico y la sensación para muchos de que todo
aquello iba a durar para siempre.
Ese estatus socioeconómico y político se condensó en un proyecto
único: un centro comercial que se recorrería en coche y sólo en coche. Que la
gente no se bajase jamás, que no abandonase el volante para nada. La idea no puede decirse
que sea nueva. Estaba ya un poco en el
Gordon Strong Automobile Objective (1925) de F. Ll. Wright, ya comentado aquí (véase el enlace a
El blog del gran Uribe).
Así, el Helicoide se presentaba como un solo gesto. Una rampa continua.
Un recorrido en espiral rodeando la Roca Tarpeya, girando sobre Caracas. Fue obra
de los arquitectos Jorge Romero Gutiérrez, Pedro Neuberger y Dirk Bornhorst. El proyecto incluía cientos de tiendas, ocho cines y un hotel de cinco
estrellas, un club privado y un palacio de espectáculos. Fue diseñado en 1954.
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| El Helicoide se construye en torno a la Roca Tarpeya, en Caracas (1954) |
Como señala Pedro Torrijos, «se construiría un helipuerto por si la fiebre petrolera subía tanto
que los clientes aterrizaban desde el aire. Y alrededor, enroscado sobre la colina y el edificio,
cuatro kilómetros de asfalto donde el automóvil se detendría frente a cada
tienda, cada cine, cada restaurante, de manera que el consumo se transformaba
en trayecto y la pendiente sustituía al paseo urbano».
El Helicoide se acabó de construir en 1956. Era un reflejo de la realidad de
una época —de una parte de la realidad—, porque era más que un edificio. La forma era el mensaje, era esa su carga simbólica. La espiral sugería ascenso
permanente hacia el progreso continuo. Y dio la
vuelta al mundo. Se expuso en el MoMA, Neruda lo llamó "rosa de concreto" y
hasta Dalí se ofreció para decorar sus interiores.
La dictadura de Pérez Jiménez cayó en 1958 y «el edificio quedó atrapado en el cambio de régimen. Los fondos se congelaron. Los litigios se multiplicaron. La empresa quebró. Los ascensores importados desaparecieron. A finales de los 70, miles de personas sin hogar ocuparon el edificio y las
rampas pensadas para automóviles se llenaron de colchones, de algún fogón
improvisado plantado en mitad de la pendiente, de ropa colgada donde antes
solo había cálculo estructural», señala Pedro Torrijos.
Pero el Helicoide tuvo una última mutación. A partir del 82, el Estado comenzó a instalarse de forma
progresiva en la vieja estructura. Primero, oficinas administrativas. Después, organismos de seguridad.
A finales del 92, durante el segundo intento de golpe de estado de Hugo
Chávez, fue bombardeado, destruyendo parte de las instalaciones. Pero
el edificio ya era demasiado importante como para volver a abandonarlo. Se reconstruyó y, a partir de 2010, ya bajo el régimen de Chávez, el
Helicoide se convirtió en centro de detención del Servicio Bolivariano de
Inteligencia Nacional (SEBIN).
Presos políticos, hacinamiento, electrocuciones, inmersiones en heces, abusos sexuales. Se dice
que todo eso y más. Nadie nos informó de ello; al menos G.U. apenas estaba enterado. El gobierno siempre miró para otro lado, a pesar de haber presos españoles enchironados por Maduro. Tampoco la prensa se ocupó del asunto, salvo algún medio de la
fachosfera. Ahora parece que empiezan a volver aquellos a los que nuestro apuesto presidente cita como "retenidos", que no "detenidos", haciedo un uso espúreo del lenguaje, algo bastante habitual en ese sujeto. También Felipe VI, "bien" aleccionado.
Pero el Helicoide, ese proyecto futurista de los años 50, sigue allí, tan ufano, elevándose sobre Caracas. ¿Qué pasará a partir de ahora? No lo sabemos, pero esa tal Delcy no nos gusta nada tampoco.
¿Y si prueban a demolerlo? No creo que estéticamente sea otra cosa que un mamotreto.
ResponderEliminarEs curioso (y también significativo) observar el contraste que produce ver las maquetas y compararla con la realidad. Las primeras parecen "prometer" algo que luego el tiempo se ha encargado de demostrar sobre el terreno, aquello del "quiero y no puedo"
ResponderEliminarTampoco sabía mucho de este edificio. He de decirte que las fotos y las explicaciones son espléndidas.
ResponderEliminarNo se puede negar que el edificio ya prometía.
Un abrazo
Estamos de acuerdo. La cosa sigue pintando mal. Un beso
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