lunes, 12 de enero de 2026

Una Navidad con Pardo Bazán

Como sabrán, G.U. ha pasado estas "entrañables" jornadas en Ibiza. Poco tiempo ha habido para disfrutar de la lectura, ya que allí hay asuntos muy diversos, no todos agradables, y, salvo tumbado en la cama, no hay lugar disponible para ejercer tal actividad. Tampoco hay tiempo. En estos casos, ya que seguir el hilo de una novela o ensayo es empresa harto difícil, suele optar por relatos breves. 

En La cita y otros cuentos de terror, editada por Nórdica Libros, se reúnen diez de los que escribió Emilia Pardo Bazán. Muy breves todos. Como quizá sepan, publicó en torno a cuatrocientos, casi todos para diarios y revistas. Los compuso en todos los registros, pero todos con una prosa excelente. No le dieron sillón en la RAE, quizá porque era mujer y no especialmente agraciada: algunos tenemos aún la imagen de cuando la estudiamos en la literatura del Bachillerato. 
Emilia Pardo Bazán en su escritorio
Allí, en el libro de 6º, figuraba un retrato de una señora en su escritorio, un poco con "cara de guardia", un punto displicente, bastante gruesa, tocada con trabajados moños y con una prominente papada. Se nos explicaba en dos líneas que había escrito Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza. Nada más.
El Pazo de Meirás, Sada (La Coruña) 
Años más tarde, nos enteramos que el Pazo de Meirás lo mandó construir Emilia Pardo Bazán a finales del XIX. Allí escribió parte de su obra y tenía su biblioteca. A su muerte, su familia no pudo mantenerlo y en 1938 una junta local se lo regaló a Franco; a ese sujeto le hacía ilusión. Y aún más tarde, leímos Los pazos de Ulloa y nos gustó. Y poco más, salvo que tuvo un idilio con Pérez Galdós.
Elena Ferrándiz ilustra los relatos y la portada de La cita (Emilia Pardo Bazán) / (Ed. Nórdica Libros)
No se crean lo de que son de terror. En estos diez cuentos reunidos en La cita nos encontramos, sí, con un ambiente algo tétrico, gótico, romántico, alejado quizá del terror más puro y duro, pero con un cierto halo de inquietud, ese escalofrío que a veces nos recorre la espalda leyendo. Estos relatos nos presentan también la esencia de la Galicia natal de la autora, la fina ironía y la retranca gallega, como en el que da nombre a la recopilación, todo ello con una prosa siempre excelente.

Y para que vean ustedes lo que supone la venganza, cuando los hermanos te hacen una putada y, además, te encierran en la cárcel por una denuncia falsa, aquí tenemos Las dos vengadoras, un relato dedicado a León Tolstoi. Seleccionamos los dos párrafos del principio:

«Había un hombre muy perseguido, no tanto por la suerte como por los demás hombres, sus prójimos y, especialmente, por los que debieran profesarle cariño y tenerle ley. No parecía sino que, por negra fatalidad, a Zenón -que así se llamaba- toda la miel se le volvía hiel o mejor dicho, ponzoña. Sus hermanos, que eran dos, se concertaron para despojarle de la herencia paterna y le dejaron en la calle, sin más ropa que la puesta, sin techo ni lumbre. Casóse, y su mejor amigo le afrentó públicamente con su mujer y, como si no bastase, la vil pareja le acusó de falsario, forjó pruebas contra él y logró que le sentenciasen a presidio, donde, inocente, arrastró largo tiempo el grillete de los criminales.

Las dos vengadoras
[Ilustración de Elena Ferrándiz]
Aunque Zenón tenía al principio el alma abierta y generosa, el carácter noble y suma bondad, las traiciones, persecuciones y calumnias, el deshonor, los ultrajes y los desengaños fueron ulcerando su espíritu y cambiando su ser de tal manera que, en vez de resignarse y perdonar, como perdonó el Maestro, sintió poco a poco crecer en su corazón un espantable deseo, una sed ardentísima de venganza. Ya no ansiaba cumplir el tiempo de su condena por ser libre y volver a la sociedad, sino por buscar ocasión de saciar la ira que, gota a gota, había ido destilando. Pasábase las noches en vela fraguando planes que ejecutaría al punto de terminarse su cautiverio. Con paciencia, hilo a hilo, iba tejiendo la trama, y restregándose las manos gozoso, decía para sí: «Hoy salgo y mañana vuelvo a la prisión, pero de esta vez vuelvo por algo, por haber pagado a mis enemigos con usura el mal que me hicieron. Inocente me encerraron aquí, y otra vez me encerrarán culpable, pero habiendo saboreado las delicias del desquite. Véngueme yo, y álcese el patíbulo después.» [...]

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