Se nos ha ido toda una figura, qué le vamos a hacer. Una verdadera pérdida, porque gente tan lúcida como él quizá nos sea más necesaria que nunca en los tiempos que corren, de banalización galopante. En fin, nos vamos quedando sin cómplices, tal vez diría Mario Benedetti...
Umberto Eco fue un intelectual muy representativo del último tercio del siglo XX: un experto en el medioevo transformado en semiólogo. Fue autor de textos teóricos que han sido objeto de sesudos debates en las universidades de todo el mundo, pero, a la vez, un escritor de ficciones que tuvieron una difusión muy grande, como su larguísima novela El nombre de la rosa (Ed. Lumen, 1982), buenísima, sobre todo si uno hacía caso omiso de los "latinajos" y de las parrafadas en latín y sabía saltarse esas páginas sin complejo alguno. De cualquier forma, es difícil explicarse que lo compraran (y quizá leyeran) treinta millones de personas.
En fin, además de todo, "un caballerazo como de aquí a Lima", como diría un pariente de un servidor de ustedes.

A Gran Uribe le impactó mucho, en sus tiempos de estudiante, su ensayo (o colección de ensayos) titulado
Apocalípticos e integrados (Ed. Lumen, 1965)
, una obra de referencia en todas las facultades de filosofía y en las escuelas de arte y de arquitectura de aquí, allá y acullá.
En la primera parte, trataba de la cultura de masas y de los niveles de cultura, diferenciando entre "apocalípticos" e "integrados". Según la perspectiva de Eco, para la aristocracia, la idea de compartir la cultura (de tal modo que pueda llegar y ser apreciada por todos) es un contrasentido, por lo tanto, no se trataría de una cultura sino de una "anti-cultura". Los aristócratas serán pues, los pesimistas, o los
apocalípticos. Por el contrario, aquellos que son entusiastas defensores de la difusión masiva de la cultura y solo le ven ventajas de todo tipo a ese fenómeno, serían los optimistas, los
integrados.
En la segunda parte, se ocupaba de la que él llama "estructura del mal gusto" y analizaba la estilística del
Kitsch. En este aspecto, nos venía casi a enunciar las que él entendía que eran sus cinco características básicas, a saber:

1. Toma procedimientos de la vanguardia artística, esto es, de las expresiones artísticas más innovadoras, y los “adapta” a un nivel accesible a las grandes masas. O sea, que simplifica y superficializa la manifestación artística para ampliar las audiencias.
2. Tales procedimientos son empleados solo cuando las vanguardias se han difundido lo sufienciente hasta ser aceptadas (es decir, cuando dejaron de ser innovadoras); de esta forma, se evita el riesgo de rechazo.
3. Busca siempre un efecto inmediato y fácil, para lo cual, apela a los lugares comunes, ésto es imágenes y palabras de reconocida efectividad. Por ello, recurre a la redundancia, insistiendo machaconamente en un mismo recurso.
4. Pretende engañar al consumidor pasando tales productos por manifestaciones artísticas genuinas, cuando, en realidad, solo se trata de versiones vulgarizadas.
5. Como el consumidor cree haber accedido a la cultura, el
kitsch cumple una función “paliativa” que desvía el interés por otro tipo de inquietudes.
El resto de la obra está enfocado a analizar el mundo del cómic, de la canción de consumo y también de la televisión, a la que dedica un sustancioso capítulo. Una gran obra. Descanse en paz, Umberto Eco.
POSTDATA (27/2/2016)
Para acabar, un entrañable artículo de Antonio Muñoz Molina, que siempre anduvo cerca de conocer a Umberto Eco pero nunca llegó a conseguirlo, en alguna ocasión por el ego de quienes renunciaban a presentárselo. Acaba con una mención a Apocalípticos e Integrados, de la que hablábamos al principio.
|