lunes, 19 de octubre de 2026

Sobre «La dama errante», de Pío Baroja (y II)

Prometimos una segunda entrega para hoy sobre La dama errante, de Pío Baroja, y aquí está, aun a riesgo de volvernos unos pelmas, que no es nuestra intención, claro.

En el capítulo XIII (LA PARTIDA), «a las dos semanas de encierro, el doctor Aracil está ya aplanado por la soledad y el silencio». Le propone a su hija irse de casa del jardinero, donde llevan tiempo escondidos. ¿Hacia dónde? ¡A Londres! Éste les deja dos caballos y a partir de ahí empieza la segunda parte de la novela, atravesando la España negra de principios del S. XX. El viaje y la huida de María Aracil y su padre los pone en contacto con gente muy diversa, en general primitiva. El padre, más bien finolis, es bastante inútil en estos menesteres, por lo que la hija toma las riendas del asunto y acaba deviniendo la gran protagonista de La dama errante (y de su continuación, La ciudad de la niebla, narrada por María Aracil en primera persona en su primera parte).

Se trata de una especie de road movie de carretera, dividido en una docena de etapas, pero no en coche sino a lomos de unos escuálidos caballos y por caminos infernales entre Madrid y Lisboa, pasando por Extremadura. Pío Baroja imprime un ritmo muy dinámico a la huida  —se podría decir que casi cinematográfico—, evitando que el texto se estanque en adornos retóricos innecesarios, algo que es de agradecer.


En fin, G.U. lo ha pasado en grande leyendo. Es un clásico. Tiene bastantes momentos impagables. En esta entrega señalamos dos al azar. El primero está en el capítulo XVI, LA VENTA DEL HAMBRE, del que seleccionamos un fragmento. El padre y la hija huyen de Madrid cabalgando sobre unos famélicos caballos. Un lugareño les señala dónde pueden encontrar una venta para hacer parada y reponer fuerzas. Allí se encuentran, en un lugar bien descrito por Baroja, con unos tétricos personajes y el contraste entre las vetustas láminas en la pared con caballos desbocados y sus cansinos jamelgos. 

[...] «Celebraron padre e hija la indicación e iban deprisa aguantando la lluvia, cuando vieron una casa medio derrumbada, oculta entre unos chaparros, cuya chimenea arrojaba al aire un vaho débil de humo. El campo que a la casa rodeaba era yermo y adusto; sólo un ermitaño o un asceta hubiera podido escoger un páramo para vivir en él. Aquella venta era la Venta del Hambre.

Llamaron en la casa, y Aracil preguntó si les podían dar hospedaje y comida. Una vieja de negro, escuálida y amarillenta, hizo un gesto de resignación indicándoles que pasaran, y un mozo flaco y espiritado tomó de las riendas las caballerías y las llevó a la cuadra.

Pidió Aracil algo con que matar el hambre y no había más que pan seco; encargó al mozo que echara un pienso a las caballerías, y el mozo dijo que les daría hierba a ver si querían comer, pues no había paja ni cebada. Aquella venta era la Venta del Hambre. Aracil y María entraron en la cuadra y vieron que los pesebres estaban limpios. Sacaron los caballos al campo y al anochecer se los volvió a llevar a la cuadra.

Portada de Historia de los amores de Matilde y Malek-Adhel, de Madame Cottin
Estuvieron padre e hija aburridos, paseando arriba y abajo por la cocina. En un cuarto próximo, que tenía los honores de sala, había un espejo envuelto en una gasa azul llena de moscas muertas, y dos viejas litografías, una de Malek-Adhel, el héroe de Madame Cottin, llevando a caballo a su dama, y la otra de Poniatowski, en el momento de meterse a caballo en el río.   
Muerte del príncipe Poniatowski en el paso del Elster en 1813
—Es raro —dijo María— que hayan llegado estas cosas a rincones tan apartados.
—Sí, es raro.
—Y lo moderno en cambio no llega —añadió ella.
—Eso no es chocante —repuso Aracil—. Hoy la vida es industrial, y el mundo civilizado, en vez de enviar a las aldeas litografías de un héroe verdadero o falso, envía una máquina de coser.

Charlaron padre e hija de otra porción de cosas. Pidieron de comer varias veces, y, después de rogada mucho, el ama hizo unas sopas de ajo para los huéspedes y les trajo una cosa negra y fría que parecía hígado y una jarra de vino. Aracil notó que no había gato ni perro en la casa. 

El plato de la cosa negra, que no quisieron comer Aracil y su hija, la vieja lo retiró y lo guardó en un armario con gran aflicción de todos los individuos de la familia.

Luego la vieja, con sus tres hijas vestidas de negro, dos ya mayores y una muchachita, todas a cuál más héticas y tristes, se sentaron al fuego, se les reunió después el mozo flaco y espiritado, y se pusieron a rezar el rosario. Estaban todos mustios, callados y cabizbajos. De cuando en cuando bostezaban de hambre y se persignaban sobre la boca abierta, y la vieja, tras de bostezar, suspiraba y decía:

—¡Ay, Señor, qué pena de vida! ¡Para cuatro días que ha de vivir una en este mundo! ¡Ay, qué mundo más desengañado y más triste, que todo son lágrimas, enfermedades y dolor! ¡Ay, qué inútil es trabajar y cuánto más valiera haber ya muerto!

La vieja, después de una retahíla de éstas, miraba a sus huéspedes como pidiéndoles colaboración en su idea desacreditadora del mundo. El doctor estaba entristecido y malhumorado; María se asombraba de ver tanta pobreza.

Después de rezar, toda la familia de escuálidos desapareció, y la vieja, gimoteando, vino con un jergón, que tendió en la cocina delante de la lumbre, y mal que bien se arreglaron para dormir allí Aracil y su hija.

Por la mañana al amanecer, el doctor aparejó los caballos, pagó al mozo lo que le pidió, y al apuntar el alba los dos fugitivos salieron de la venta triste.

—¡Qué horror! ¡Qué casa! —exclamó Aracil—. Ahora respiro —murmuró al encontrarse en la carretera—. Y estos pobres caballos no han comido nada desde ayer —dijo María.
—Veremos si hoy tienen más suerte.» [...]


Los párrafos breves, que imprimen siempre ritmo a la trama. La falta de descripciones exhaustivas (propias del Realismo), sustituidas por detalles significativos (un color, una luz, un olor...) para captar la atmósfera. La adjetivación y los calificativos; Baroja suele seleccionar dos adjetivos utilizando la conjunción "y" (a veces son tres). Son calificativos contundentes, que en general están dotados de cierta intención crítica o satírica, y que definen la esencia de un personaje secundario en un plis plas. Y el paisaje, que describe siempre con una precisión adecuada al momento, economía de medios y buena prosa. 



Hay otro momento que le ha divertido a G.U., en el Capítulo XXIV (LA SERRANA DE LA VERA). Llegan a un especie de pequeño monasterio, más bien una ermita. El cura, que no es tonto, intuye que esa gente tiene cultura y pasta, está huyendo de algo y si él quisiera... podría denunciarlos. Por eso, cuando van a seguir viaje al día siguiente, les viene a decir algo así como «¡Alto! De aquí no se van si alguno de ustedes no toca el piano en la misa». No sabemos. «¡Bah! ¡No se haga la tonta!... Usted sabe tocar el piano. Déjese usted de historias!» (sic). Y María acaba tocando el órgano de la ermita. Lo hace de acuerdo con el cura —que le da el visto bueno— y delante del padre, por si hubiera que simular que es él quien lo toca. Estaría mal visto que lo hiciera una mujer...
Aquí hay varios elementos que mezclan la picaresca, el equívoco y la crítica sutil de Baroja. El cura "cómplice"; el enredo y el engaño al pueblo; una banda sonora poco habitual en un lugar así —donde Cristo perdió la boina—, pero es lo único que María Aracil sabe tocar de memoria (fragmentos de óperas y sonatas de Beethoven y Mozart); el doctor Aracil, un intelectual ateo y pedantillo, agarrado al fuelle del órgano, sudando la gota gorda para insuflarle aire al instrumento... En resumen, una misa de pueblo de la España profunda acaba sonorizada con música clásica europea e irreverentes óperas occidentales, mientras los fieles rezan devotamente sin notar la diferencia.

Esto es Pío Baroja. ¿Es su mejor obra? Seguro que no, pero es Baroja en estado puro. G.U. es persona de gustos sencillos, pero ama la buena literatura. A veces piensa que, en otra vida, le hubiera gustado escribir como él o como otros autores del 98, sin ir más lejos, no como las cursiladas y blandenguerías a la moda que se encuentra hoy en día en las mesas de exposición de novedades de las librerías.

8 comentarios:

  1. Pues mira , me gustó, no hay muchos
    defectos que encontrarle, no es necesario
    que sea su mejor obra, no lo creo, buena
    noche, un saludo.

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    1. Me alegro de que te guste. No sé si es su mejor obra, no soy crítico literario ni eso que llaman "un experto", ni falta que hace. Pero a mí me gusta también. Un saludo.

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  2. Ostras, volveré a él gracias a ti. Lo tenía abandonado.
    Puedes apuntarte el triunfo¡¡¡
    Un abrazo L

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    1. Aquí me tienes, en lo alto, en la cima de blogger.
      [img]https://www.equiposytalento.com/upload/talent_noticias/003/3556/exito.jpg[/img]

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  3. Lo de los detalles significativos es una auténtica maravilla literaria, propia de los grandes escritores, además de una adjetivación perfecta.
    He buscado "La dama errante" en mi biblioteca que la tengo fuera de mi casa y sí, lo he encontrado, el libro está estropeado por la inundación que tuve hace unos años, afortunadamente este libro lo pude salvar, pero está muy deteriorado.
    Salud.

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    1. Baroja es un gran escritor, pero como les pasa a quienes tienen muchas obras, no todas salen bien. Ésta me ha gustado más que otras. En arquitectura tenemos algunos ejemplos...
      Saludos.

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  4. Te leeré cuando lea la novela, no quiero sentirme orientado o condicionado por tu perspectiva o tu selección de textos. Quiero que mi encuentro con Baroja sea a pelo sin introductores. Saludos.

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    1. Bueno, no pretendo hace spoiler; tampoco Baroja se presta mucho a eso (y en esta novela tampoco). Entiendo que no se quiera leer a priori la crítica literaria de un libro hecha por "expertos". A mí me pasa, prefiero leer antes y, si se tercia, cotejar después.

      Sin embargo, yo no pretendo hacer crítica literaria, ya que ni soy un "experto" ni falta que hace. Soy un simple lector que publica unos breves fragmentos que le han gustado de un libro y justifica el porqué. Lo hago sin ánimo alguno de influir a nadie ni de que de que eso que me gusta mí, guste a otros. Cada cual es cada quien. De hecho, dudo que nadie lea este libro (ni ninguno de los que hablo a veces) por recomendación mía, que aquí nunca recomiendo nada, faltaría más. "Las novelas las carga el diablo, y cada cual tiene sus gustos. No soy fiable en eso", escribía Pérez-Reverte en su columna de 2008 sobre "Los peces del la amargura", de Fernando Aramburu, un buen artículo (y un buen libro, por cierto).

      Lo hago sobre todo para mí, el blog me sirve a modo de almanaque y recordatorio propio, en realidad. Saludos.

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