El caso es que esa máxima del plato le llamó siempre la atención a G.U., y la repite con cierta frecuencia cuando se encuentra, sea en su vida civil o —sobre todo— en los informativos de TV, a alguien con esa cara. No se queda allí y lo hace extensivo a la faz de otros tipos: la del "listo", la del que es "un buen tío", la del "pedantón del carajo" (como decía su padre, "El Tirano"), la del vivales, la del traidor, la del mentiroso, la del hi*o de p*ta, la del sinvergüenza, la del tipo al que no comprarías un coche de segunda mano, etc. Esos análisis previos a veces resultan erróneos, como es lógico, pero al final acaba resultando ser cierta esa sentencia que dicta que "la excepción confirma la regla".
En su artículo titulado Las apariencias (2002), nos hablaba de algo que se ha comentado muchas veces sobre la compra de un coche de segunda mano y a quién se le compra. Se trata de una frase que se inventó en EEUU —donde el mercado de ocasión siempre fue muy habitual, como se ve muchas películas de Hollywood— acerca de a quién comprar un coche usado y a quién no. G.U. tiene bastante claro ese aspecto en cuanto ve a alguien ("a este sujeto se lo compraría; a este otro, jamás"). Tiene motivos, ya que sabe algo sobre fiascos a cargo de "vendemotos"; a veces —no siempre—, creyendo obtener un chollo, uno lo que se lleva es un zurullo y el consiguiente parraque posterior.
Javier Marías escribía así, a principios del XXI (en plena era "Ánsar"; quizá ya no se fiaba de ese sujeto, G.U. tampoco, ya desde el minuto cero):
«Las apariencias. Es con lo que tratamos a diario, constantemente, lo que regula nuestra vivencia de los demás y nuestra conducta. ¿Cómo desdeñar las apariencias? Significaría una forma incurable y perniciosa de ceguera. Por desgracia se practica con demasiada frecuencia. Se resbala sobre la expresión de las caras, los gestos, los ademanes, la voz y su entonación, lo que se dice cuando se habla. Escasea la atención, condición de toda perspicacia; todavía más la reflexión sobre lo que se ha visto, la articulación con toda una serie de percepciones que se echan en saco roto.[...] ¿En quién se puede confiar? ¿Quién inspira confianza? Hace unos decenios, en los Estados Unidos se ponía como ejemplo la pregunta de a quién le compraría uno un coche de segunda mano. ¿A quién se lo compraríamos ahora en cualquier país? Hay personas que usualmente dicen la verdad, o casi; que tal vez se permiten de vez en cuando algunos eufemismos, algunos retoques veniales. Otros mienten constantemente, y lo saben; a veces lo hacen con placer, con extraña complacencia; el espectador lo ve con evidencia; si quiere, si no ha decidido previamente por una actitud «incondicional», que suele ser una forma de fanatismo, aceptar o rechazar lo que se dice según de dónde venga. [...] Lo más grave de todo es la mentira; la verdad, elusiva, difícil de alcanzar, en ocasiones difícil de aceptar, es la condición misma de la vida, y por supuesto de la vida histórica y social. A veces no es del todo fácil saber cuál es la verdad, sobre todo en cuestiones complicadas que exceden de las competencias de la gran mayoría de las personas.Lo que es fácil de detectar es cuando se está mintiendo, cuando se cree lo que se está diciendo, cuando se ha llegado a una conclusión preestablecida sin haberla indagado, sin haberla puesto a prueba, sin haber mirado la cuestión desde otro punto de vista. La inmovilidad en el juicio, el partir de algo ya consabido, previa y sumisamente aceptado, es el criterio seguro; quiero decir, de que no hay criterio. «La voz de su amo» fue el lema de una marca de gramófonos cuando yo era niño; el perro la reconocía en la grabación. Es demasiado frecuente que las gentes formen su opinión, tomen partido, actúen siguiendo las órdenes de la voz de su amo». |



La mentira es algo que no soporto a nivel personal y me cuesta mucho aceptarlo de los políticos. Por algo tengo el voto últimamente de acá para allá.
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