martes, 15 de septiembre de 2026

La enseñanza y el Informe PISA

Hace un par de meses G.U. comentaba la situación de la enseñanza con un amigo, compañero y colega que ha dado clase durante más de 30 años en los jesuitas de Caspe y tiene un nieto que estudia allí. Se le ocurrió preguntarle por lo que hacía en el cole el zagal. Y él le sorprendió, ya que uno esperaba que  dijera que le va cojonudo y aprende mucho. Pues va a ser que no, con toda la sinceridad del mundo, confesó: «¿Quieres que te diga la verdad?: NADA. No hace nada más que "proyectos colaborativos" y no sabe nada de nada. Lo poco que aprende se lo enseño yo cuando vuelve del colegio». Estamos hablando de enseñanza privada concertada en un colegio caro (o sea que no sólo es la pública) y de un abuelo culto que sabe enseñar. Otra cosa tal vez son los colegios de élite a los que envían los políticos y empresarios a sus hijos.

G.U. no tiene nietos, se baja en la próxima y todo esto poco le afecta a él personalmente, es cierto. Pero, aun así le preocupa, quizá por haber sido docente treinta y tantos años. Los políticos son una EME pinchada en un palo, sí, y tienen la culpa de muchas cosas relativas a la enseñanza, pero hay toda una larga cadena burocrática que empieza con ellos, que son los que aprueban las leyes, pasa por los psicopedagogos que llenaron los colegios con más poder que nadie y acaba en los profesores que son los que dan la clase en el aula, pasando por las familias, claro. Todos son responsables de este fiasco, como explica Jordi Martí, el autor del artículo que cierra esta esta entrada.

Se suprimieron los deberes en casa, los exámenes de septiembre, las notas, las lecturas obligatorias, los libros se sustituyeron por ordenadores y tablets, se desacreditó el esfuerzo y la memorización, convertidos entre todos en bestias negras, pero tan necesarios ambos para el aprendizaje y para obtener una formación de calidad. Total, "todo está en Google". El que estudiaba quedó estigmatizado e incluso perseguido por sus compañeros, ante la inanidad de profesores, directores e inspectores, aunque la presencia de "las redes" hacía que eso se produjera casi siempre fuera del recinto escolar. Algunos profesores exigentes son ridiculizados en los claustros por sus propios compañeros por hacer su trabajo de ese modo y suspender al que no sabe.

Y así, como dice a veces F.C,, los colegios e institutos se convirtieron en "ludotecas". Todo eso con la complicidad de todos. Ante todo este panorama, G.U. esperaba que el resultado PISA fuera todavía peor, algo que intentaron evitar las autoridades educativas catalanas falseando el censo de alumnos que debían pasar esas pruebas. En fin, todo un panorama. Por cierto, casi en lo único que se ha mejorado es en el nivel de apego de los alumnos a su centro escolar; no es raro, si ¡es una ludoteca!

Sobre el asunto que nos ocupa, Jordi Martí escribía hace unos días el siguiente texto, que reproducimos entero, ya que no sabemos qué párrafos seleccionar, todos dicen cosas. Se podrá estar más o menos de acuerdo con él, pero es una opinión informada la suya que cabe tener en cuenta.

«Existe una narrativa tan cómoda como falsa que circula estos días por los pasillos de los centros educativos y las redes sociales que consultan los docentes. Me refiero a la que dice que el desastre actual de la enseñanza es culpa única y exclusiva de los politiquillos de turno. Según este mito, los docentes seríamos víctimas inocentes de un engranaje burocrático diseñado en un despacho de la Consejería o del Ministerio mientras nosotros, abnegados héroes, estaríamos intentando resistir a pie de aula.

Siento aguar la fiesta del victimismo, pero la realidad es mucho menos amable con el colectivo docente.

Las leyes aberrantes y los currículos vaciados no se aplican solos en el aula. Para que el virus del adoctrinamiento pedagógico, la devaluación del conocimiento y la pedagogía del bienestar hayan destruido la escuela pública, ha hecho falta algo imprescindible... colaboracionistas a pie de aula. Ha hecho falta una tupida red de colectivos, fundaciones, plataformas y grupos de renovación pedagógica que, camuflados bajo un aura de romanticismo de la transición o de modernidad vanguardista, han actuado como la quinta columna de la pedagogía de laboratorio.

Hablemos de ellos. Repasemos cómo operan y destapemos el gigantesco entramado de subvenciones, difusión mediática afín e ideología de trinchera sobre el que han levantado su imperio de miseria intelectual. No les pongo nombres, pero seguramente seréis capaces, si tenéis un poco de conocimiento de la situación, de saber a quienes me estoy refiriendo.

Tenemos aquel movimiento que en los años 60 y 70 nació como un movimiento necesario de resistencia pedagógica y renovación metodológica bajo el franquismo. Un movimiento que ha terminado convirtiéndose con las décadas en una vicaría ideológica fosilizada. Pasaron de defender la escuela pública a convertirse en la guardia de corps de la desestructuración de los temarios. Su influencia en el ámbito catalán y su capacidad para dictar la «línea correcta» a generaciones de maestros ha sido devastadora. Han sustituido el aprendizaje riguroso por la autoindulgencia, elevando la espontaneidad del niño a dogma religioso y convirtiendo cualquier atisbo de exigencia, examen o memoria en un pecado capital contra su particular evangelio pedagógico.

Después tenemos a ese laboratorio privado que ha devorado, con su experimento, a la pública y a la privada-concertada. Se trata experimento de ingeniería pedagógica masiva de la última década. Nacido al calor de una determinada Fundación, la UNESCO y el apoyo de una Universidad online, este proyecto logró lo que parecía imposible. Persuadió a cientos de centros públicos para que dinamitaran voluntariamente sus estructuras, sus asignaturas y sus horarios para sustituirlos por el trabajo por proyectos sin base, las aulas sin paredes y el caos organizativo. Vendiéndose como la panacea de la innovación del siglo XXI, convirtieron las aulas y a sus alumnos en cobayas de laboratorio mientras las escuelas privadas de élite seguían enseñando matemáticas, lengua y ciencias con rigor a los hijos de quienes financiaban el invento.

No se puede entender el hundimiento conceptual de la educación sin seguir la pista del dinero. Hay Fundaciones que han sido el auténtico think tank de la devaluación educativa. Con un presupuesto envidiable, la cobertura de los grandes medios de comunicación y una capacidad de influencia directa sobre las Consejerías, llevan años emitiendo informes a la carta para justificar la rebaja de la exigencia, el regalar las promociones y la eliminación del valor de la nota académica. La paradoja es de un cinismo absoluto. En nombre de la equidad, han destruido el único instrumento que permitía al hijo de la clase trabajadora competir en igualdad de condiciones. Me estoy refiriendo al conocimiento.

También ha surgido en las redes los colectivos y asociaciones de «la militancia del mínimo esfuerzo». Aparecidos al calor de las redes sociales y del activismo de asamblea imperial, estos colectivos llevan la bandera de la inclusión y la emancipación para justificar el vaciamiento absoluto de los contenidos. Para esta rama del colaboracionismo, exigir que un chaval aprenda a redactar o a resolver una ecuación es una forma de violencia sistémica y de exclusión. Han logrado que la mediocridad se vista de progresismo y que el docente que intenta enseñar algo con rigor sea tachado de fascista, racista o, directamente, nazi.

Y, finalmente, existen esas plataformas que funcionan como correa de transmisión de los partidos de la órbita de la izquierda burocrática y de los sindicatos afines. Su papel nunca ha sido mejorar el aprendizaje de los alumnos, sino garantizar que la hegemonía cultural del pedagogismo no se mueva un milímetro del boletín oficial cuando mandan los suyos. Tienen sus cuotas de poder garantizadas en las comisiones de expertos, colocan a sus cuadros en las Direcciones Generales de Educación y reciben jugosas subvenciones públicas para organizar jornadas, publicar revistas ininteligibles y repartirse carnés de pureza metodológica.

Hay un patrón común que une a todos estos colectivos. Tienen el mismo sesgo ideológico, la misma fijación por el postureo y las mismas puertas giratorias.

Cuando el partido afín llega al gobierno autonómico o estatal, los miembros de estos grupos pasan mágicamente de firmar manifiestos a redactar decretos de currículum. Se adjudican contratos de formación del profesorado, monopolizan los Centros de Profesores y llenan las salas de actos vendiendo sus libros y sus aplicaciones de evaluación. Cuentan, además, con la complicidad absoluta de los grandes medios de comunicación, que abren sus portadas y sus programas de radio a sus portavoces para que nos vendan la educación del futuro mientras las estadísticas de comprensión lectora se hunden en la miseria.

Pero lo más sangrante no es el dinero público que absorben ni el espacio mediático que ocupan. Lo verdaderamente intolerable es que, en esos quintacolumnistas, hay docentes que traicionan a sus propios compañeros y, lo que es más sangrante, a sus propios alumnos.

Han actuado como comisarios políticos en las salas de profesores, señalando al docente tradicional, ridiculizando la lección magistral y presionando a los claustros para que se apunten a la última moda pedagógica subvencionada. Han vendido la ilusión de que se puede aprender sin esfuerzo, saber sin estudiar y progresar sin exigencia.

Las leyes cambian con las legislaturas, pero el entramado de estos colectivos permanece. Son el virus latente en el sistema. Y hasta que la resistencia (que, en este caso es mayoría) no señale sin complejos a estos colaboracionistas, seguiremos viendo cómo devoran la escuela desde dentro con la complacencia de quienes cobran por destruirla.

Finalmente deciros que, aunque el sesgo ideológico que os he comentado de estos quintacolumnistas sea siempre el mismo, no debemos olvidar que también existe su némesis en el otro lado. Una némesis menos interesada en experimentos pedagógicos y más interesada en meter cucharada en otros ámbitos».

Enlace: Los quintacolumnistas de la educación

5 comentarios:

  1. Lo que describe G.U. es el retrato de una escuela que ha confundido la alegría con la ligereza y la modernidad con el vacío. Una enseñanza que, en nombre de la innovación, ha ido desmontando los pilares que sostenían el aprendizaje: el esfuerzo, la memoria, la exigencia, la responsabilidad compartida. Y mientras unos señalaban a los políticos, otros —docentes, familias, burócratas y pedagogos de laboratorio— colaboraban, por acción u omisión, en convertir el aula en un espacio amable pero estéril.
    El texto de Jordi Martí ilumina esa zona oscura: la degradación no llegó solo desde arriba, sino también desde dentro. La escuela se volvió confortable, sí, pero cada vez menos capaz de enseñar. Y ahora, cuando los resultados muestran el naufragio, todos miran hacia otro lado. Quizá por eso este diagnóstico duele: porque recuerda que la educación no se derrumba de golpe, sino lentamente, cuando quienes deberían sostenerla renuncian a hacerlo. Decía el otro día un docente que quizás habría que enseñar de nuevo la tabla de multiplicar cantando como nos hacían a nosotros de pequeños.
    Saludos.

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  2. Nada que no se viera venir, Gran Uribe. Hoy tengo algo similar en casa, pero prefiero tomarmelo con ligereza, ya que que el asunto veo no tiene solución porque es lo que se desea, poco esfuerzo por parte de todos, maestros incluidos, ir a lo fácil y sencillo e ir pasando de curso a los últimos de la clase para que después nos puedan gobernar...
    Un abrazo

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  3. Yo no tengo niños cerca como para ver lo que les enseñan, pero lo que observo es que están pocas horas en su centro de enseñanza. Yo entraba en el colegio a las 9, salía a las 13:15, volvía a entrar a las 15 y salía a las 19:30, aunque las clases terminaban a las 18 y el resto era estudio, todas en silencio y vigiladas.

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  4. ¡Ah! Y teníamos clase los sábados por la mañana en horario normal.

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  5. Mi querido Gran Uribe:
    A mi me quedan tres telediarios, la mitad de noche.
    Por un lado, y de forma egoísta, ya me da igual lo que haga esta pleyade de políticos que sólo mira con las luces cortas. Por otro lado, pienso en mis nietos y en su formación, pero ¿a qué viene toda esta cháchara?, te preguntarás, pues mira, a que suelo entrar en otras casas, casas que están llevadas por personas cercanas a mi edad, que supera la setentena, lo sabes. ¿Y?, Miquel..¿qué me quieres decir?, pues que enlunas, en varias, no creas, me doy cuenta de que aceptan lo que sucede de forma "normal", porque todo cambia, y que quien lleva las riendas de este pais sabe lo que hace (es cierto que quien lleva las riendas es el que pone y quita ministro/ de Educación, aquí aciertan, y aseveran que nuna se ha cumplido ninguna promesa por parte de ningún mandatario, que todos mienten y que no hay nada nuevo bajo el Sol, ese que alumbra los relojes y les ayuda a dar la hora.
    Y el menda, osease yo, ya no quiere responder porque cuando se acepta tal cuestión es cuando ha ganado el sistema, ese que te dice que aunque lo malo gobierne y mienta en tu cara y te tome el pelo y te haga pasar por gilipollas y por etúpido, siempre será mejor que lo que tenga que venir, por lo que vendrá será muy, pero que muy malo, o sea, tan siquiera y pensar que lo mejor, en muschas ocasiones, sino las más, es apartarse, tomar respiro y pensar, dejar pasar cuatro años para coger fuerzas y pensar en asir a los mejores, y volver a presentarse a las elecciones. Pues no, amigo Álvaro, aquí no va así, aquí va de que es mejor pasar por idiota y que te sigan mintiendo con lo del joyero misterioso, ese que ayudará al encantado y su señora la catedrática, antes que entren los otros, que por lo visto ajustarán todo tanto que no podremos viajar con la imserso en esos viajes de 100 € con jamón incluido, baile a la noche y bingo de última hora.
    Todo un lujo que no vamos a dejar pasar ¡.
    Salut

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